CRÍTICA DE “FARAÓN” (II)

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia

Todo ello se desarrolla en un in crescendo que culminará con otra memorable escena, la final, en la que un eclipse es astutamente aprovechado por Herhor y el resultado de la conspiración de éste parece imponerse definitivamente. Ahora bien, no hay que confundirse cuando se dice in crescendo. El ritmo de la película es distinto al que acostumbramos a ver en este género: pausado, lento incluso, con planos muy duraderos que no tienen nada que ver con la frenética costumbre actual de meter dos o tres por segundo. Fruto de ello es un montaje chocante, con algunos cortes abruptos, casi torpes, así como una cámara que suele permanecer estable salvo en algún diálogo, en que se mueve de un personaje a otro como en un partido de tenis (deliberadamente, para subrayar la diversidad de opiniones), en el ataque egipcio a los libios (en que se mete en medio de las tropas como un guerrero más) o en los travellings de los grandes planos generales que permiten lucir masas de extras auténticos (no existían los efectos digitales)..

Uno de los fotogramas de la película "Faraón"
Uno de los fotogramas de la película “Faraón”

La música tampoco se basa en las fanfarrias típicas  (no se sabe cómo era la del Antiguo Egipto y aquí se limita a la entonación de cánticos) ni el vestuario muestra esos colores chillones y kistch que veíamos, por ejemplo, en Tierra de faraones (obra maestra, por otra parte, pero de otro tipo): sobrios faldellines y túnicas de lino, pelucas trenzadas en la cabeza, pieles de vaca y testas emplumadas para los libios… En ese sentido,  hay que destacar la ambientación y el atrezzo, inauditamente reales porque se basan en los relieves y pinturas de la época; mención especial para la maravillosa escena del proceso de momificación ritual del difunto Ramsés XII, a cargo de sacerdotes con máscaras de Anubis y Toth, o las bélicas, donde los solados egipcios van ataviados y armados tal cual se ve en el arte, sin olvidar los ligeros carros de guerra o la armadura de escamas del faraón.

Fotografía de Jerry Kawalerowicz
Fotografía de Jerzy Kawalerowicz, director de la película

Los actores son polacos, pero no parecen occidentales disfrazados, y los citados extras de las escenas de masas eran efectivos del Ejército Rojo reunidos para la ocasión en Uzbekistán, en el desierto de Kyzyl Kum, donde tuvo lugar la mayor parte del rodaje de exteriores. Cinco meses durísimos a 50º que obligaban a guardar los rollos en neveras y soportar ocasionales tormentas de arena. ¿Por qué ese país asiático? Porque aunque algunos momentos se grabaron en Luxor y en Giza, era imposible lidiar con la enorme cantidad de turistas que visitaban los monumentos y estropeaban continuamente las tomas.

Los interiores, en cambio, no salieron de Polonia, de unos estudios de Lodz en los que se recrearon el palacio, el laberinto de la tumba de Ramsśes XII y las salas hipóstilas de los templos (las hípetras sí son en Egipto). Como sublimación de ese trabajo destaca la recreación del Nilo en el lago Kirsajty, donde se sembró vegetación egipcia (loto, papiro, palmeras), se construyó una isla artificial y se botó una magnifica réplica de un barco que deslumbra cuando se ve en pantalla (no en vano fue construida en un astillero siguiendo planos originales de cuatro mil años de antigüedad). Buena parte del mérito de toda esta excepcional labor de documentación se debió a Kazimierz Michałowski, uno de los egiptólogos más reconocidos entonces, que ofreció a los técnicos modelos reales que imitar. Por eso todo resulta tan creíble.

Fotografía de Kazimierz Michałowski
Fotografía del egiptólogo Kazimierz Michałowski

Hay algún que otro error, claro, como el uso del talento, que en realidad era una moneda griega, pero que se debió introducir en el guión para facilitar al espectador la comprensión de los diálogos económicos. O la falta de protecciones que muestran los soldados egipcios (escudo aparte) en una época como el Imperio Nuevo, en la que ya están acreditadas. O el  citado anacronismo sobre Asiria. O los monumentos egipcios reales, que hoy han perdido todo rastro de policromía pero que hace cuatro milenios presentaban vivos colores cubriéndolos por entero, en el caso de los templos, o, en el caso de las pirámides, una capa de blanca cal más recubri miento de mármol y un piramidión dorado en la cúspide. También hay fallos puramente cinematográficos, como los mencionados cortes, algunas escenas estiradas más de la cuenta y personajes con potencial dramático que a la postre no es desarrollado del todo.

Cartel promocional de la película
Cartel promocional de la película

Pero nada que no se puede decir de todas las películas. Y, a cambio, cabe solazarse con ese tipo de detalles secundarios que le dan credibilidad extra a un film, como las manos cortadas en cestos (forma de contar las bajas enemigas), el hieratismo divino que exhibe Ramsés XII en su comportamiento público, la bucólica caza de patos sobre una canoa de papiro, el collar de moscas de oro que lleva uno de los generales (eran las condecoraciones de entonces), las plañideras que lloran en el funeral del faraón difunto… Tres horas de sucesivas delicias para los egiptómanos que, curiosamente, coinciden con los tres años que costó tener terminada Faraón, pues la pre-producción se empezó en 1963. El reconocimiento a tanto esfuerzo llegó en 1967, con una nominación al Óscar a la Mejor Película Extranjera (que no ganó porque se lo llevó la checoslovaca Trenes rigurosamente vigilados) y a la Palma de Oro del Festival de Cannes (donde tampoco tuvo suerte y cedió ante Un hombre y una mujer).

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

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