CRÍTICA DE “LOS SEÑORES DEL ACERO”

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

Hace poco veíamos un raro ejemplo de cine ambientado en el siglo XVI con El oficio de las armas y hoy toca acercarse a otro que también tiene un argumento de esa época pero con un tratamiento totalmente diferente. Si la película de Ermanno Olmi mostraba un hecho real bajo su particular estilo lento, historicista y preciosista, Paul Verhoeven hace algo muy distinto en Los señores del acero (Flesh + Blood, 1985), usando la Historia sólo como pretexto para ofrecer una ilustración desaforada, febril e hiperbólica de Europa Central en aquellos turbulentos tiempos. Probablemente no había director más apropiado para ello que este holandés que parece haber desaparecido del cine actual, quizá voluntariamente ante la decadencia escandalosa que padece el séptimo arte. Verhoeven se hizo un hueco a codazos y, pese a ser holandés, alcanzó el éxito internacional en Hollywood, a donde se hizo acreedor al pase precisamente por Los señores del acero, aunque también tras una carrera en su país bastante prestigiosa, con títulos como Delicias turcas, Eric, oficial de la reina o El cuarto hombre; la primera nominada al Óscar a la Mejor Película Extranjera, la segunda ganadora del Globo de Oro en esa misma categoría y la tercera triunfadora en el Premio de la Crítica de Los Ángeles.

Cartel promocional de la película
Cartel promocional de la película

Lo gracioso fue cómo se desarrolló todo. Al parecer, Verhoeven estuvo entre los candidatos a dirigir El retorno del jedi, trabajo que al final se encargó a otro competente realizador europeo, el galés Richard Marquand, avalado por una espléndida adaptación que había hecho de la novela de Ken Follett El ojo de la aguja. Pero aquel primer leve contacto con la Meca del cine resultaría fructífero a la postre, ya que la productora Orion se interesó por un proyecto que Verhoeven tenía en mente desde tiempo atrás y para el cual no había encontrado la financiación necesaria: De Hurrlingen. Traducido significa Los mercenarios, y se basaba en el asedio que sufrió la ciudad alemana de Münster en 1535, tema ya tratado en una serie televisiva.

Hagamos aquí un inciso para situarnos cronológicamente. En 1534, en el contexto de la difusión de la Reforma Protestante, la urbe se había rebelado contra la autoridad,  inflamada por las prédicas de los líderes anabaptistas Jan Matthys y Jan van Leyden, que la rebautizaron Nueva Jerusalén y establecieron un régimen comunitario. Matthys falleció en combate y Leyden le sucedió y hasta se proclamó rey, dictando medidas revolucionarias como la abolición de la moneda, la legalización de la poligamia y la socialización de todas la propiedades. La aventura duró un año y el ejército del obispo asedió duramente Münster hasta conseguir tomarla, ejecutando a todos los dirigentes.

Jan van Leyden
El posible aspecto del líder Jan van Leyden

Volvamos ahora con Los señores de acero. La película, que se presupuestó en siete millones de dólares, tomó forma como coproducción entre EEUU, Holanda y España. Nuestro país fue el elegido para el rodaje, no sólo por el clima que garantizaba tener el trabajo listo en un tiempo relativamente rápido, sino también por la abundancia de castillos donde situar la acción y la existencia de un amplio elenco de técnicos formados a lo largo de años de producciones hollywoodienses en suelo hispano: recordemos que aquí se gestaron total o parcialmente obras como El Cid, La caída del Imperio Romano, 55 días en Pekín, Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago, Campanadas a medianoche, Rey de reyes, Robin y Marian, Patton, etc.

En la práctica, la parte histórica del argumento es mínima: apenas la escena inicial, en la que el ejército mercenario al mando del condottiero Harkwood, que está asediando una ciudad indeterminada hacia 1501, recibe como motivación extra la promesa de su dueño, el gobernador Arnolfini, de concederles veinticuatro horas de saqueo si se dan prisa en tomarla. Lo consiguen pero viendo el caos de pillaje y destrucción que montan, se echa atrás y de acuerdo con su propio capitán les desarma y expulsa. Los mercenarios, engañados y resentidos, forman una especie de banda criminal -en las guerras de Flandes abundaban y recibían el nombre de frabutes– dedicada a robar a los ricos, pero con la particularidad de tener una especie de hermanamiento entre sí. Ésta se manifestaba en el hecho de que vestían todos del mismo color (un metafórico rojo) y seguían la ruta y pauta providencialista que marca una talla de San Martín con sus movimientos casuales (va colocada sobre un carro), aunque debidamente manipulada por el líder del grupo, el carismático protagonista (que también se llama Martín), contando con la ayuda de un cura de moralidad dudosa. El destino quiere que en su vagabundeo se crucen con Agnes, que es la prometida del hijo de Arnolfini, Steven, y la secuestran. Es una joven que ha crecido en un convento e ignora casi todo de la vida, pero enseguida demuestra tener una extraordinaria capacidad de aprendizaje y adaptación a las circunstancias….

Jennifer Jason Leigh, protagonista
Jennifer Jason Leigh, protagonista

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

Para saber más

Crítica “Los señores del acero” (II)

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

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