CRÍTICA DE “MISHIMA”

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

Seguramente más de uno se sorprenderá al leer esto pero, en los comienzos de su carrera, antes de que anduviera de productora en productora buscando financiación para  aquel estrambótico guión titulado Star wars al que sólo el hijo del actor Robert Michum se atrevió a apoyar, George Lucas era un director más bien cultureta. En su currículum figuraba una extraña película de ciencia ficción pero de tipo distópico, más propia de las antiguas salas de arte y ensayo que de los circuitos comerciales, titulada THX 1138, versión para la gran pantalla de un cortometraje que había hecho en la Escuela de Artes Cinematográficas de la Universidad de California. Dos años después estrenaba American grafitti, con la que ganó el Globo de Oro. Su siguiente film no llegaría hasta 1977 y fue aquel ansiado proyecto personal: La guerra de las galaxias.

Póster original de Star Wars en 1977
Póster original de “Star Wars” en 1977

Pero, entretanto, había empezado también la labor de productor colaborando en El padrino y creando su propia compañía, Lucasfilm Ltd. En su etapa universitaria, Lucas había trabado amistad con varios compañeros que, en muy poco tiempo, se convertirían en representantes de la que sería una de las mejores generaciones de cineastas de la Historia. Incluía, entre otros, a Francis Ford Coppola, John Milius, Steven Spielberg, Brian de Palma, Martin Scorsese, Lawrence Kasdan, Paul Schrader… A varios les produciría filmes.

No sólo a ellos, en realidad. En 1980 produjo Kagemusha para Akira Kurosawa, por ejemplo. Lucas siempre había estado fascinado en la cultura japonesa -su influencia en el universo Star wars es patente y reconocida- y pronto tendría ocasión de volver sobre ella ayudando a Paul Schrader -con el apoyo extra de Coppola- en un proyecto muy complejo sobre la vida de Yukio Mishima, el célebre escritor nipón. Fue justo después de costear un raro largometraje titulado Latino, para Haskell Wexler, otro antiguo conocido y colaborador; raro porque cuenta la historia de un boina verde estadounidense enviado a Nicaragua para ayuda a la Contra y que, capturado por los sandinistas, descubre que las cosas no son como se las han contado; un tratamiento político insólito en plena era Reagan.

Cartel de "Kagemusha"
Cartel de “Kagemusha”

Volviendo a Paul Schrader, se trata, probablemente, de una de las personalidades más peculiares del Hollywood de entonces. Marcado profundamente por un calvinismo que le prohibió ver cine hasta la mayoría de edad, se reveló como un espléndido guionista, autor de libretos memorables del calibre de Yakuza, Taxi driver, Obsession, Toro salvaje, La costa de los mosquitos o La última tentación de Cristo. En 1985 se disponía una vez más a dirigir personalmente su propio texto, como ya hiciera en algunas de sus películas anteriores (Blue collar, Hardcore y American gigoló).

Yukio Mishima fue una de las grandes figuras de la literatura japonesa de todos los tiempos. Descendiente del samuráis y con pretensiones nobiliarias, lo crió su abuela, una mujer de armas tomar que le inculcó el amor por las letras, le enseño idiomas y le envolvió en una extraña espiral de locura y violencia, ya que, al parecer, estaba mentalmente desequilibrada. Él resultó un joven enfermizo que sufrió lo que consideró el mayor deshonor de su vida al ser rechazado para el servicio militar por tener tuberculosis. Se tuvo que conformar con estudiar Derecho y escribir, arte en el que empezó a destacar pronto: novela, ensayo, poesía, teatro….

Paul Schrader
Fotografía de Paul Schrader en su juventud

El éxito internacional hizo que su nombre se propusiera apara el Nobel pero su ideología de extrema derecha, siempre tan condicionante para la institución sueca,  lo impidió. Y es que Mishima, que se había transformado físicamente tras un duro entrenamiento con pesas, ingresó en las Fuerzas de Autodefensa de Japón (un ejército incipiente, germen del actual, creado para ocupar el hueco que dejaron los estadounidenses al irse) y fundó la Tatenokai o Sociedad del Futuro, una milicia privada de tono patriótico y exaltado cuyos miembros iba reclutando él mismo entre los estudiantes universitarios.

Con tan sugestivo personaje, Paul Schrader compuso una compleja película formada por cuatro segmentos distintos (de hecho, el film lleva por subtítulo Una vida en cuatro capítulos), sucesivos cronológicamente, cada uno correspondiente a un aspecto de la vida del escritor, desde su difícil infancia hasta su famosa y escenificada muerte, pasando por su obra escrita. Un film raro, muy literario en algunos pasajes que llegan a recrear esas imágenes mitad prosa mitad poesía del autor y que se atreve a sugerir muy sutilmente una posible homosexualidad autoreprimida del protagonista (lo que provocó la ira de su viuda y el veto a su estreno en Japón) Todo ello apoyándose en la fotografía exquisita de John Bailey, que juega a alternar el blanco y negro en la niñez de Mishima con una iluminación teatral; la espléndida banda sonora de Philip Glass y el vestuario de Eiko Ishioka.

Cartel de la película "Mishima"
Cartel de la película “Mishima”

Pero, ante todo, por la interpretación del actor japonés Ken Ogata, que gozaba de cierta fama por haber protagonizado dos años antes La balada de Narayama y que consigue un asombroso parecido físico con Mishima, mostrando toda su angustia vital y sus intextricables recovecos mentales. Curiosamente, rodado en japonés salvo cuando ejerce funciones de narrador en primera persona, en que la la voz en off es suplida por la de Roy Scheider, el legendario jefe Brody de Tiburón.

Por supuesto, el estrambótico fallecimiento de Mishima, que acrecentó su fama, es el momento culminante de la película (aunque ésta también se abre en ese momento). Son hechos muy conocidos: el 25 de noviembre de 1970, él y cuatro compañeros escogidos de la Tatenokai accedieron al cuartel general del ejército en Tokio y retuvieron al general al mando en su despacho a punta de pistola mientras Mishima salía al balcón, desplegaba unas pancartas políticas y lanzaba a los cientos de soldados reunidos en el patio un discurso de carácter filofascista, reivindicando las tradiciones japonesas para recuperar la identidad perdida tras la Segunda Guerra Mundial y exhortando a dar un golpe de Estado que devolvierar al emperador su dignidad. Aquella  anacrónica arenga no produjo más que burlas y abucheos en la concurrencia, como antes había pasado en la Universidad, así que el escritor volvió a entrar al despacho y se hizo el seppuku; el ayudante encargado de la decapitación final falló por los nervios y tuvo que ser otro el que diera el golpe de gracia antes de seguir, a su vez, los pasos de su maestro.

Yukio Mishima en los años 50
Fotografía de Yukio Mishima en los años 50

El sol naciente que precede a los créditos iniciales, el siempre espléndido templo Kinkaku-ji, el grupo de compañeros cantando mientras conducen al que será el final de algunos de ellos, el montaje a base de continuos flashbacks, la lucha del personaje contra sus propias contradicciones y la narración de su vida alternada con la representación visual de tres de las obras más conocidas del autor (El Pabellón de Oro, Casa de Kyoko y Caballos desbocados) subliman definitivamente la película de Schraeder.

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

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