CRÍTICA DE “LA KERMESSE HEROICA”

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

La censura ha corrido pareja a la historia del cine, con unas etapas de mayor actividad que en otras. Por eso ha tenido tiempo de protagonizar episodios de todo tipo, desde los cuasi surrealistas (la toma de la Gran Vía que un censor cortó a Berlanga porque nadie le garantizaba que tratándose de ese director “no fuera a poner un cura saliendo del Pasapoga”) a los decididamente esperpénticos (la famosa escena de adulterio transformado en incesto de Mogambo), pasando por el Código Hays que reglamentaba una autorrestricción de contenidos en Hollywood y un sinfín más de casos, unos más sangrantes que otros. Pero el de La kermesse heroica es sencillamente incomprensibleLa kermesse héroique (Jacques Feyder, 1935) provocó un escándalo considerable cuando se estrenó en los Países Bajos, con protestas, silbidos, destrozos en las salas y lanzamiento de objetos contra la pantalla, llegando al extremo de organizarse manifestaciones en contra que acabaron en altercados con decenas de detenidos. La razón, si es que se puede llamar así, hay que buscarla en su argumento, que trata el espinoso tema del Flandes dominado por España en el siglo XVII. Lo hace en clave de humor y desmitificación, cosa para la que, por lo visto, no estaba preparado el público de entonces. O, al menos, se dejó arrastrar a aquella absurda virulencia incontinente por el NSB, el partido nazi holandés, principal promotor de los disturbios.

Uno de los carteles de la película
Uno de los carteles de la película

Para entenderlo mejor es necesario contar la trama, que es bastante sencilla: el pequeño pueblo flamenco de Boom se dispone a celebrar sus fiestas locales cuando llega un arrogante heraldo español anunciando que en breve pasarán por allí los Tercios y se deberá alojar a la tropa. De pronto, toda la fanfarronería militar de la que hacían gala los vecinos, vistiendo bruñidas corazas, enarbolando banderas y practicando el tiro con mosquetes, se queda en lo que es realmente: una mera exhibición de fatuidad festiva que por supuesto no les serviría a los españoles ni para empezar en el supuesto de enfrentarse a ellos, así que todos envainan sus oriflamas y el alcalde incluso finge haber muerto. En cambio, las mujeres deciden afrontar el asunto con mucha más decisión y agasajar a los visitantes con el fin de que su estancia sea plácida y se evite derramamiento de sangre, que ya sabemos la fama que tenían los españoles por entonces; eran el coco.

Efectivamente, llegan los Tercios, se les dispensa una cálida bienvenida, se les alberga en las casas particulares y hasta se da un banquete. Y resulta que no es tan fiero el león, que los soldados se comportan adecuadamente, los oficiales son exquisitamente educados, y, por supuesto, se trata de gente enamoradiza que hace la corte a la población femenina que, a su vez, se siente halagada y corresponde amorosamen te a las atenciones de aquellos “hombres de verdad”, palabras textuales de uno de los diálogos. Demasiado seguramente para el espectador holandés, habituado a historias -ciertas, por otra parte- como el saqueo de Amberes, el Tribunal de la Sangre, el duque de Alba y demás capítulos exacerbados en forma de Leyenda Negra.

Una de las famosas escenas de la película
Una de las famosas escenas de la película

La película, sin embargo, no era de producción española sino francesa, aunque el director, Jacques Feyner (cuya esposa, Franjolse Rosay, protagoniza el filme) era belga. Ciento quince minutos de comedia muy divertida cuya calidad fue reconocida en casi todas partes con varios premios (entre ellos algunos tan prestigiosos como el del Círculo de Críticos de Nueva York y el del Festival de Venecia), excepto en tres sitios: uno los Países Bajos, que la terminó prohibiendo; otro la Alemania de Hitler; y el tercero España, debido a que el estallido de la Guerra Civil impidió su estreno y la dictadura franquista, vaya usted a saber por qué, tampoco permitió su exhibición hasta 1968. Quizá la imagen de los poderosos Tercios apaciguados por las mujeres de Boorm contradecía los postulados imperiales o quizá se impuso la simple desidia. Paradójicamente, hay quien interpreta La kermesse heroica en clave estrictamente política y, partiendo de que se trata de una producción francesa, la identifica con la Francia de Vichy y la considera proalemana por mostrar el colaboracionismo de la población ante el invasor. Algo cogido por los pelos, siendo generoso, ya que se filmó cuatro años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, nadie imaginaba que el país quedaría dividido en dos mitades, la norte bajo jurisdicción alemana directa y la sur “libre2, con un gobierno títere con capital en la citada ciudad de Vichy.

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Sello con una fotografía de Françoise Rosay

Sin embargo, el contexto histórico que interesa en La kermesse heroica es del argumento. Aquel Flandes que Carlos I recibió como herencia de su padre, Felipe el Hermoso, y que se convirtió en un gran campo de batalla en el que, a lo largo de casi dos siglos, las urbes eran conquistadas y reconquistadas por ambos bandos en una guerra sucia e inacabable en la que el pueblo solía pagar los excesos de los ejércitos en forma de saqueos brutales; un conflicto que consumió a España económica y demográficamente, y que las gentes locales tuvieron que sufrir, pagando los excesos de los ejércitos contendientes, en forma de brutales saqueos y matanzas. Pero Flandes también fue el lugar donde los Tercios entraron en la leyenda, ganando una batalla tras otra -casi siempre en inferioridad numérica y protagonizando acciones casi increíbles-; para convertirse en la máquina bélica más eficiente de su época. Todo ello legando a la posteridad una serie de nombres propios, desde don Juan de Austria a Ambrosio de Spínola pasando por Alejandro Farnesio o el Cardenal Infante, entre otros, que dejaron su huella en sitios como Breda, Nördlingen, Amberes, Breda, Gembloux, Kallo, Namur y un larguísimo etcétera y que muchos artistas y literatos de su tiempo -varios de los cuales también fueron soldados- glosaron en sus obras o plasmaron con sus pinceles para dar pie al llamado Siglo de Oro.

Fotografía de Jacques Feyder, director de la película
Fotografía de Jacques Feyder, director de la película

La acción de la película transcurre en 1616, en el contexto de la Tregua de los Doce Años que Felipe III había firmado con las Provincias Unidas y que constituyó el único momento de paz (la Pax Hispánica) en aquella terrible Guerra de los Ochenta Años, que se extendió de 1568 a 1648. En ese período, el ejército de la Monarquía Hispánica estaba compuesto por fuerzas de diversas nacionalidades europeas, siendo los españoles una pequeña (entre cinco y diez mil hombres, según el momento) pero fundamental parte. Enfrente, una alianza que aglutinaba a la mayor parte de sus enemigos, pues en aquellas tierras de polders y diques combatieron contra España y junto a los rebeldes holandeses, franceses, ingleses, escoceses, alemanes… Demasiados adversarios y demasiada su frustración ante la aparente imposibilidad de derrotar al gigante del sur, de ahí la puesta en marcha de una campaña de difamación que, a la larga, consiguió dejar una imagen negra del “invasor”.

La kermesse heróica, sin embargo, no obedece a los cánones de la Leyenda Negra. Los españoles no aparecen retratados con piel oscura y gesto malencarado como pasa en Elizabeth, por ejemplo, donde además hacen gala de un carácter traicionero. Al contrario, aquí entran en la ciudad llevando flores en los cañones de sus mosquetes como muestra de su buena voluntad e incluso castigan con dureza al soldado que se salta las órdenes ad hoc. Su comportamiento, comparado con el de los pusilánimes varones del pueblo, lleva a que las esposas de éstos se vean tentadas con ir más allá del mero entretenimiento planeado, aún cuando algún oficial se muestre demasiado desinteresado en ellas por preferir hacer punto, en un ambiguo e insólito rol. De hecho, las mujeres son las verdaderas protagonistas y si el film tuviera que interpretarse según alguna clave, seguramente habría de ser la feminista, siempre que se hiciera con una sonrisa en la boca y sentido del humor.

El archiduque Alberto y la infanta Isabel, soberanos de los Países Bajos durante la Tregua de los Doce Años
El archiduque Alberto y la infanta Isabel, soberanos de los Países Bajos durante la Tregua de los Doce Años

Visualmente, también es una gozada gracias al espléndido trabajo de Lazare Meerson, director artístico, que consigue trasladar al espectador al Boom del siglo XVII -o quizá a alguna pintura flamenca- aunque, en realidad, el film se rodó íntegramente en Francia, en Epinay-sur-Seine, muy cerca de París. La fotografía, en blanco y negro, es de Harry Stradling y el vestuario resulta mucho más ajustado y creíble que el de cualquier película actual, notándose también la inspiración en los cuadros de época. Claro que todo ello no dejan de ser complementos y la verdadera base del éxito de esta obra es, por un lado, el divertido guión que escribieron Charles Spaak y Jacques Feyder, más la magistral dirección de este úlltimo para darle al conjunto el ritmo preciso.

Otro de los carteles de la película
Otro de los carteles de la película

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

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