CRÍTICA DE “MEMORIAS DE ÁFRICA”

Fotograma de la película en la que se ve a Meryl Streep y a Robert Redford

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

A mediados de los años ochenta, cuando el cine empezó a torcerse y a decaer para luego entrar en barrena y llegar al apocalíptico momento actual, más cerca del videojuego que del séptimo arte, aún hubo tiempo para un canto del cisne digno; en 1985 se estrenaron títulos como Regreso al futuro, Ran, Único testigo, La Rosa Púrpura de El Cairo, ¡Jo, qué noche!, El honor de los Prizzi, Mishima y otros que si no alcanzaban el mismo nivel de excelencia resultaban igualmente interesantes. Pero, probablemente, de todos ellos el que verdaderamente se llevó el gato al agua fue Memorias de África (Out of Africa). Se trata de una adaptación del libro homónimo escrito por la escritora danesa Karen Blixen, que se hizo popular en la literatura bajo el pseudónimo de Isak Dinesen. El relato es autobiográfico; lo publicó en 1937 recordando los diecisiete años que pasó en lo que hoy es Kenia, a donde había ido en busca de fortuna para casarse con su primo, el barón Bror Blixen Finecke. No encontró tal fortuna; cuando llegó se encontró que Bror había invertido el dinero en una plantación de café en lugar del negocio ganadero previsto y además era un adúltero compulsivo que terminó contagiándole la sífilis, por lo que terminaron separándose.

Fotografía de Karen Blixen
Fotografía de Karen Blixen

Su esfuerzo personal por integrarse en una sociedad tan elitista como la colonial inglesa, la lucha por sacar adelante la plantación, la cercanía que manifestaba hacia los nativos (tan diferente a la de otros colonos, representada por lord Delamere) y, sobre todo, la intensa relación extramatrimonial que mantuvo con un cazador profesional llamado Denys Fynch-Hutton fueron algunos de los episodios que caracterizaron aquella época de su vida y que plasma la película con elegancia y belleza, gracias a la capacidad del director para conjugar una serie de buenos elementos por separado. Sidney Pollack había firmado algunos de los títulos más interesantes de los años sesenta-setenta, como Danzad, danzad, malditos (que fue nominada al Óscar) o Yakuza, más los que dirigió a lo largo de varios años con Robert Redford como protagonista: Las aventuras de Jeremiah Johnson, Los tres días del cóndor, El jinete eléctrico y Habana. La mayoría fueron muy aplaudidos por crítica y público, aunque seguramente el más exitoso fue Tootsie. Pollack también era productor e incluso acostumbraba a ponerse él mismo ante la cámara.

Fotografía de Sydney Pollack en 2006
Fotografía de Sydney Pollack en 2006

Así que cuando cogió el proyecto de Memorias de África (que además produjo), debió de tener muy claro que no había nadie mejor que su fetiche Redford para encarnar a Finch-Hutton. En aquellas dos primeras décadas del siglo XX la caza mayor se había convertido en un negocio para muchos aficionados iniciando lo que no tardaría en convertirse en el turismo de safaris y Hutton supo verlo antes que nadie. Era raro, un verso suelto, uno de esos espíritus libres que hacen lo que les da la gana y por eso encandiló a Karen Blixen, que también deseaba liberarse de las constricciones que la época imponía a las mujeres. Meryl Streep fue la elegida para encarnarla; toda una garantía que tenía dos Óscar en su currículum (Kramer contra Kramer y La decisión de Sophie) y todavía ganaría un tercero en 2011 (La Dama de Hierro), sin contar un ingente rosario de nominaciones. Memorias de África sería otra para la colección y lo cierto es que si Robert Redford era perfecto para su personaje, resulta difícil imaginar otra baronesa Blixen.

Meryl Streep y Robert Redford en sus personajes de la película
Meryl Streep y Robert Redford en sus personajes de la película

El guión de Rud Luedtke administra astutamente sus encuentros y poco a poco va orientando el argumento hacia lo que considera que es verdadero eje de la historia: el romance entre ambos, que por fin, una vez se produce la separación del matrimonio Blixen, eclosiona. Todo rodado con la elegancia habitual de Pollack, en un escenario tan magnífico como la sabana africana espléndidamente fotografiada por David Watkin y, sobre todo, acompañado por la pegadiza banda sonora de John Barry, cuyos acordes principales ya forman parte de la historia musical del cine. Todos ellos se llevarían el Óscar en sus respectivas modalidades, más la dirección de arte, el sonido y el único de los intérpretes que lo ganó, Klaus María Brandauer, por su papel como Bror.

Fotograma de la película en la que se ve a Meryl Streep y a Robert Redford
Fotograma de la película en la que se ve a Meryl Streep y a Robert Redford

El film tiene momentos espacialmente intensos, como esa caravana que durante la I Guerra Mundial dirige Karen en persona para llevar ganado a los colonos que están luchando contra los alemanes (que estaban dirigidos por el coronel Von Lettow, quien curiosamente coincidió con ella en el barco que les llevó a África), y en la que se enfrenta a latigazos con un león. Animal que repite protagonismo porque, en una de las primeras escenas en que encuentran Karen y Denys, una leona está apunto de sorprenderla; el cazador opta finalmente por no disparar y no es una licencia histórica, pues poco a poco fue hartándose de matar animales y terminó convertido en un defensor de la vida (en palabras de Karen, “África le había cambiado, marcado su personalidad convirtiéndole en parte suya”). Claro que para escenas emblemáticas ninguna como el lavado de cabello o el sobrevuelo de la sabana de Amboseli en un aeroplano a ritmo de los acordes de Barry.

Fotograma de la película en la que se ve a Meryl Streep
Fotograma de la película en la que se ve a Meryl Streep

Memorias de África adolece de lo mismo que le da brillo: el libro de Blixen es espléndido -cuando Hemingway recibió el Nóbel dijo que se lo tenían que haber dado a ella-, pero al tratarse de un relato autobiográfico no tiene una línea argumental definida, quedando como una serie de retazos sueltos engarzados por una trama dilatada en el tiempo. Lógicamente, la historia se cuenta desde el punto de vista de la autora, una mujer en un país “difícil para las mujeres”, que sin embargo ella apreciaba (“No somos propietarios; aquí sólo estamos de paso”); y que además no puede evitar caer en ciertas contradicciones, como querer salirse del incómodo corsé social reservado entonces a las féminas pero, a la vez, caer en él en su relación con Denys, destinada al fracaso porque ella aspira a su fidelidad y él no quiere renunciar a la libertad.

Cartel de la película
Cartel de la película

Karen se arruinó con su imposible plantación de café y tuvo que volver a Dinamarca, para bien de la literatura. La huella que dejó detrás fue honda; no sólo financió una escuela para los kikuyus que dependían de ella sino que les buscó trabajo antes de irse, aparte de la influencia decisiva que tuvo -con ayuda del cine, claro- en el incremento del turismo a Kenia. Como dice en El sueño de África Javier Reverte, “la Kenia independiente ha olvidado a Delamere mientras que Karen Blixen tiene un museo y ha dado su nombre a un barrio de Nairobi”. Efectivamente, la casa de la escritora es hoy visitada por miles de turistas y sirvió para rodar algunos exteriores de la película (los interiores no por la limitación de espacio para mover las cámaras). Desde sus jardines se ven a lo lejos las colinas Ngong, donde está enterrado Denys en una tumba que también sufragó Karen tras su fatal accidente aéreo.

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

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