CRÍTICA DE “HISTORIA DE LA GUERRA”

Datos técnicos

Título original: “The Cambridge History of Warfare”

Autor de la obra: Geoffrey Parker (coord.)

Lugar de edición: Madrid

Editorial: Akal

Fecha de publicación: 2010

Número de páginas: 544 páginas

Crítica

La magna obra de la que voy a hablaros en esta ocasión es “Historia de la guerra”, del coordinador Geoffrey Parker, el cual no solo es miembro de la Real Academia de la Historia y catedrático de Historia de la Universidad de Ohio (Estados Unidos), sino una de las máximas autoridades mundiales en Historia militar y en Historia moderna europea, y uno de mis historiadores vivos favoritos. Esta maravillosa obra, dividida en 17 capítulos, está distribuida en cuatro partes: la era de la infantería masiva, la era de las fortificaciones de piedra, la era de las armas de fuego y la navegación, y la era de la mecanización. Aparte de Geoffrey Parker, que escribe algunos de ellos y coordina todo el conjunto de la obra, otros seis historiadores escriben capítulos en el libro, configurando así un conjunto heterogéneo que es de imprescindible lectura para cualquier apasionado de la Historia militar. Como ya hice en anteriores críticas, en esta solo os voy a ofrecer un breve resumen de los puntos más destacados del libro, para que el resto lo descubráis por vuestra propia cuenta.

El libro empieza hablando sobre cómo la guerra había surgido en el Antiguo Oriente Próximo y Egipto debido al incremento de la producción agrícola. De esta forma, a partir del III milenio a.C. se podía dedicar parte de los recursos a conflictos con territorios vecinos. Estos conflictos, a diferencia de los que se darán posteriormente, buscaban la aniquilación total del enemigo, tanto de sus ciudades como de sus habitantes. Muchas veces las guerras acababan en una sola batalla, ya que, al depender de unos pocos líderes militares, si moría o era hecho prisionero éste, las tropas se rendían o eran derrotadas por la ausencia de la disciplina y la táctica.

Portada del libro

Con el nacimiento de las polis griegas también nacen los hoplitas, es decir, soldados de infantería no profesionales ni permanentes con armamento pesado. Eran mayoritariamente agricultores que luchaban por defender sus tierras y su ciudad del enemigo, llevando a cabo guerras que se resolvían en apenas tres días. La disciplina y el uso de una táctica de combate basada en el choque entre dos falanges de hoplitas fue la causa que los llevó a ser el tipo de combatiente hegemónico del mundo occidental hasta la llegada de las Guerras Médicas en el siglo V a.C. Un par de siglos después, la decadente situación militar de las ciudades-Estado griegas sería aprovechada por una nueva potencia, Macedonia. A partir de Filipo II, se produjo una reinvención de la falange, formando un ejército completamente diferente que les llevó a doblegar y sobreponerse a Grecia, sobre todo durante el reinado de su legendario soberano, Alejandro Magno. Según estos autores, el éxito de Alejandro se debió a la conjunción de cinco grandes factores: una magnífica adaptación del ejército macedónico al territorio local en el que tenían que combatir, un gran liderazgo personal de Alejandro al frente de su ejército, la formación de grandes cargas de caballería que se centraban en un punto concreto del frente enemigo, la utilización de unidades especializadas para las fintas iniciales o para combatir en los lugares más problemáticos, y la persecución y destrucción de las fuerzas enemigas del campo de batalla una vez que éstas se retiraban o huían.

El primer gran mérito del ejército romano anterior al siglo III a.C. fue modernizar el tipo de falange que habían adoptado de los etruscos: se pasó de la pica y la fuerza desnuda etrusca a la gran movilidad y fluidez que caracterizaba a las primeras legiones y su uso de la espada corta. A partir del siglo III a.C. se produjo una reestructuración de las legiones romanas, otorgándoles mayor profesionalidad y un incremento de la burocracia interna. Desde los tiempos del Imperio Romano de Dioclesiano (285-305) hasta la aparición de las armas de fuego en la primera mitad del siglo XIV, la organización, estrategia y táctica militar de la guerra occidental fue de carácter conservador y continuadora de la tradición romana.

Fotografía de Geoffrey Parker

Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, y la creación de los reinos de las distintas tribus germánicas por Europa, solo hubo dos grandes intentos por parte de algunas sociedades de volver al esplendor militar y bélico experimentado por Roma: el Imperio Bizantino (sobre todo el de Justiniano), y el Imperio Carolingio de los tiempos de Carlomagno. Tras la fragmentación de éste último, los pequeños Estados surgidos durante el siglo X y XI tuvieron por lo general ejércitos mucho más pequeños y menos letales. Sin embargo, podemos destacar la relevancia de las campañas militares de Alfredo el Grande, del reino de Wessex; de Hugo Capeto, de Francia; y de Guillermo de Normandía “el Conquistador”. A partir del siglo XIII, la infantería comenzó a asumir una función cada vez más importante en la práctica occidental de la guerra, gracias a la introducción gradual de la armadura de placas metálicas que servía para reforzar la cota de malla, y la generalización del uso de la ballesta y el arco largo, a pesar de ser armas cuyo uso era condenado por la Iglesia. A partir de la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia los costes de la guerra se incrementaron notablemente, tanto por el creciente uso de la artillería como por la necesidad de construir distintos tipos de defensas, además de la obvia necesidad de recursos humanos.

Desde el siglo XII como mínimo, los ejércitos chinos ya usaban la pólvora en sus conflictos bélicos, produciéndose un proceso gradual de difusión de ésta hacia Occidente. Por lo que sabemos, hay constancia de que las primeras armas de fuego usadas en Occidente son del primer tercio del siglo XIV. Con su introducción, sumado a los nuevos sistemas de fortificaciones defensivas en bastiones, revolucionaron la forma de llevar a cabo las guerras. Al otro lado del mundo, la superioridad tecnológico y militar de los occidentales fue uno de los factores decisivos para la rápida conquista de América: el uso por parte de los nativos americanos de armas propias de la Edad de Piedra (ya que no usaban el hierro) no tenía ninguna posibilidad frente al uso occidental de espadas, cuchillos, puñales, lanzas, ballestas, arcabuces y cañones para la ofensiva, y el uso de corazas, cascos y armaduras metálicas para defenderse.

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