CRÍTICA DE “EL NOMBRE DE LA ROSA” (II)

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

Pero decía que en el debate se trataba una triple cuestión; la tercera pregunta era más sorprendente aún: ¿se rió Jesús alguna vez? De nuevo aquí el tema tiene base real porque San Pablo escribió contra la risa -entre otras cosas- en su Carta a los efesios y de esa postura se harían eco luego otros autores e incluso instituciones: la Orden del Temple, por ejemplo, la proscribía en su regla. La Escolástica la redimió con el mismo argumento que emplea Baskerville (la Biblia no dice que Jesús riera, en efecto, pero tampoco dice que no lo hiciera) y Santo Tomás la salvó definitivamente distinguiendo entre la buena (eutrapelia, manifestación de alegría y honestidad) y la mala (reflejo del relajamiento moral). En cualquier caso, la risa se convierte inadvertidamente en el detonante de la acción por ser el tema de una obra de Aristóteles, la Poética, donde se la defiende como instrumento de la verdad. El libro en cuestión, dice Baskerville en un memorable diálogo con el hermano Jorge de Burgos, se perdió pero el otro niega la mayor y asegura airado que nunca se escribió.

Uno de los carteles de la película

Lo cierto es que sí se conserva algún fragmento pero se cree que podría haber existido un segundo volumen, éste sí completamente perdido. La Poética es el libro que Jorge de Burgos oculta celosamente y por el que está dispuesto a todo ¿Por qué? En la citada conversación con Baskerville está la respuesta: “La risa mata el miedo y sin miedo no puede haber fe, porque sin miedo al diablo ya no hay necesidad de Dios (…) La risa seguirá siendo la diversión del hombre sencillo pero ¿qué ocurrirá si por culpa de este libro los hombres doctos declaran que es permisible reirse de todas las cosas? Podremos reirnos de Dios, el mundo desembocaría en el caos…” Si a alguien le parece un poco forzado, ha de saber que, efectivamente, en el Medievo hubo un movimiento antiaristotélico (los clásicos se conservaron, en parte, gracias a la labor copística de los monasterios pues, como dice Jorge de Burgos, “Preservación del saber y no investigación. No existe el progreso en la historia del saber, sólo una continua y sublime recapitulación”). Cierto es que esa línea contra Aristóteles no era generalizada y ya vimos que la intervención de Santo Tomás en estos temas fue decisiva, pero podemos deducir que Jorge de Burgos sería uno de esos radicales. Lo que no se explica es por qué no destruye el libro si tanto lo teme; ¿quizá porque su labor como bibliotecario puede más? ¿O se trata de un simple fallo argumental?

Otra de las escenas de la película

La película entra en su tramo final con la llegada del inquisidor, que busca culpables fáciles para los crímenes y así, de paso, poner fin a un debate que le resulta molesto al Papa; no olvidemos que la Inquisición estaba en manos de los dominicos. Quizá sea la parte menos lograda, por apresurada, por la muerte del inquisidor (que no se produce en la novela) y por el rescate de la campesina, un poco absurdo para tener final más o menos feliz. Claro que también es en ese último tramo cuando se desvela quién es el asesino merced a las artes deductivas de Baskerville, que se llama Guillermo en homenaje al franciscano Ockham y a su famosa navaja, aplicada para resolver el caso: En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable; al fin y al cabo, un precedente de una frase de Sherlock Holmes: “Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”.

El famoso scriptorium de la película

En cierta forma, la verdadera protagonista de El nombre de la rosa es la abadía, sus laberínticas dependencias (claramente inspiradas en los grabados de Piranesi), sus torreones de piedra, sus escaleras, su ambiente tenebroso (buena fotografía de Tonino delli Colli, colaborador habitual de Pasolini, apoyada por la música de un James Horner anterior a su etapa acomodaticia) y, por supuesto, su fabuloso scriptorium, que existe de verdad aunque con una pequeña diferencia de uso: se usó el dormitorio de la abadía alemana de Eberbach, aunque el atrezzo -libros incluidos- se hizo ad hoc, al igual que los exteriores del edificio (que fueron los decorados más grandes construidos en Europa desde Cleopatra) excepto los planos generales, que debidamente retocados corresponden a diversos sitios como los castillos italianos de Rocca Calascio y Castel del Monte. Con 16 semanas de rodaje y 17,5 millones de presupuesto, considerable para una coproducción europea (Francia, Alemania e Italia), el film fue un éxito comercial (salvo en EEUU, donde sólo recaudó 7 millones frente a los 77 del resto del mundo) y se llevó el premio César francés a la mejor película extranjera.

La impresionante abadía de la película

Sean Connery, que recuperó el estrellato pese a que (en contra de lo que se dice), no le habían faltado películas interesantes en la última década como Atmósfera cero, Los héroes del tiempo o  Nunca digas nunca jamás, ganó el Bafta al mejor actor; y eso que inicialmente no era del gusto del director ni de Umberto Eco. Christian Slater, casi un debutante, se hizo un nombre a partir de este film. Y Murray Abraham, famoso ya por haber interpretado a Salieri en Amadeus dos años antes y que se pasó el rodaje discutiendo con Annaud (según éste engreído por su Óscar), asume el rol del inquisidor Bernardo de Gui (otro personaje auténtico, por cierto, autor de un manual de técnica inquisitorial y que en el film tiene un enfrentamiento personal con Guillermo de Baskerville, al que una vez obligó a retractarse).

Del resto y con permiso de la selección de monjes, deliberadamente grotescos como si de un conjunto de gárgolas se tratase, hay que resaltar la inconfundible presencia de Ron Perlman, que venía de interpretar a un divertido neandertal a las órdenes de Annaud en En busca del fuego, y al ruso Feodor Chaliapin Jr, que encaja a la perfección (maquillaje mediante, especialidad en la que también hubo un premio Bafta) en el papel de Jorge de Burgos (por cierto, un bibliotecario ciego cuyo nombre y apellido se parece muy evidentemente al de Jorge Luis Borges). Quedaría por citar a la actriz chilena que encarna a la rosa del título, la misma que Adso deja atrás diciendo en off “jamás supe ni sabré su nombre”; bueno, pues la rosa cinematográfica se llamaba Valentina Vargas.

Ron Perlman caracterizado como su personaje de la película

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

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Crítica de “El nombre de la rosa”

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

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