LA GEROUSÍA ESPARTANA

Fragmento de un artículo publicado en junio de 2007 por el Doctor en Historia Antigua Alfonso López Pulido para el número 11 de “AMEG. Revista de enfermería gerontólogica”. Puedes acceder al artículo completo a través de este enlace.

La gerusía era el nombre con el que se designaba al senado en Esparta —también en Corinto—. Según Jenofonte, se la llamaba también gerontía, y Aristóteles indicaba, además, las acepciones de gerojía o gerosía. Sus miembros son llamados ordinariamente gerontes, pero en un texto oficial son designados bajo el nombre de presbigeneis. Sin que tengamos cualquier género de duda, ya antes de Licurgo —en el caso de que su existencia sea cierta—, había surgido un senado o consejo de ancianos. Los poemas de los tiempos heróicos nos muestran siempre a los reyes rodeados de un consejo formado por los jefes de las principales familias, los bouleforoi, los bouletai o los gerontes, con los que deliberaban sobre los asuntos más importantes y que los asistían también en la administración de la justicia

Esparta no fue una excepción a la regla general. Solamente es probable que Licurgo reglamentara, en la constitución que dio a Esparta, la organización y las atribuciones de este consejo, y esto sería suficiente para autorizar a los antiguos historiadores a decir que Licurgo instituyó el senado, siendo ello una de las novedades que aportó. Sin embargo, lo verdaderamente llamativo es que este tipo de Consejo —el de los gerontes—, que debió ser adoptado tanto por Esparta como por las otras repúblicas griegas, y que, en la Grecia legendaria, no tenía más que un papel accidental y subalterno, fue sucesivamente elevado, por parte de los lacedemonios, de grado en grado, hasta convertirse, en la Grecia histórica, en una autoridad soberana e independiente.

Mapa de la Península del Peloponeso y sus principales regiones y ciudades

En la época histórica, la gerusía en Esparta era una asamblea de treinta miembros, compuesta de veintiocho gerontes propiamente dichos, y los dos reyes, asimilados a senadores por los derechos de su asistencia a las sesiones y por los de sufragio. Para explicar la existencia de estas dos precisas cifras, algunos historiadores han supuesto que cada una de las subdivisiones tribales, las obai, estaba representada en la gerusía por uno de sus miembros. Pero, en principio, ningún documento serio nos permite precisar, con exactitud, el número de subdivisiones. Aristóteles afirma que se fijó ese número porque, aunque eran treinta los primeros que ayudaron a Licurgo, dos dejaron la empresa por cobardía, mientras que Esfero asegura que, desde un principio, fueron veintiocho los que tomaron parte en el proyecto. Frente a estas prosaicas explicaciones, existe una llamativa y sugerente, como es la de la maravillosa propiedad del número, ya que es el resultado de multiplicar siete —el número sagrado en el mundo clásico— por cuatro y porque, al ser igual que sus divisores (1+2+4+7+14=28), es un número perfecto después del seis (1+2+3=6), lo que denota una clara influencia pitagórica. Además de las mencionadas, existen más conjeturas y suposiciones, que no han lugar en este artículo.

En el siglo IV a.C., sólo unos miembros escogidos de la aristocracia podían formar parte de la gerusía y ello da derecho a pensar que fue igual en los siglos anteriores También la magistratura de los gerontes aparece en Aristóteles como una oligarquía dentro de una oligarquía más extendida. El consejo sólo era accesible a un pequeño número de individuos, es decir a aquellos que tenían prestigio y que eran reconocidos como excelentes por la comunidad. A ello se suma el que la cualidad vitalicia del cargo hacía que las elecciones no fuesen muy frecuentes. No sólo había que pertenecer a ese exclusivo y reducido club, sino también estar completamente liberado del servicio militar y, como los espartanos no cesaban de ser incorporados al ejército —según Bengtson, la organización del gobierno espartano no es otra cosa que el inevitable resultado de un estado de sitio secular—, había que haber alcanzado una edad determinada: los sesenta años cumplidos.

Ilustración que representaría como sería la gerousía espartana

Plutarco señala que a los gerontes los nombró personalmente Licurgo, primero de entre los que contribuyeron a la puesta en práctica de su proyecto —lo que puede enlazarse con el elemento señalado de que sólo en un grupo recaía la elección—, pero, luego, dispuso que, al que se fuera muriendo, lo reemplazara aquél que fuese considerado como el más virtuoso de entre los mayores de sesenta años, como premio y para toda la vida, desempeñando el absoluto poder en el Estado: Proponer acuerdos al pueblo, anular sus decisiones políticas y entender en cuestiones por asesinato y, en general, en todos los procesos que contemplasen la condena a muerte o atimía —degradación social consistente en la privación de derechos cívicos (participación en actividades públicas, pertenencia a asociaciones culturales, militares o de otra clase de los ciudadanos) a aquellos que se mostraban indisciplinados, huían del combate o cometían algún crimen—. También, unidos a los éforos, tenían autoridad sobre los reyes.

Para poder ser elegido, un ciudadano estaba obligado a poseer una candidatura, es decir, a ser presentado por alguien. Aristóteles critica esta exigencia, porque ello excluía a ciudadanos muy dignos, pero muy modestos para solicitar los sufragios, y, entonces, no eran nombrados por nadie. La elevación a la categoría de senador debía ser el precio de la virtud. Aristóteles, Demóstenes y Polibio, lo dicen en términos expresos: hacía falta que el voto fuera organizado de tal forma que el elegido pudiera ser considerado como llegado al honor por sus solos méritos. Podemos indicar que el procedimiento de elección era, ciertamente, muy particular. Así, cuando se producía una vacante y había que cubrirla, se reunía la apella y algunos ciudadanos dignos de confianza, eran encerrados en un lugar desde el que no presenciaban las deliberaciones ni podían observar cuál era el orden de intervención de los comparecientes, pero sí, y esto era fundamental, oír las aclamaciones que los candidatos recibían Por el procedimiento del sorteo, se decidía el orden de intervención de los candidatos y, éstos, mientras hablaban en el estrado, eran aclamados por sus partidarios. Los que estaban encerrados, a través de la consignación en unas tablillas, indicaban el número de orden del que había levantado más vítores y ése era el elegido.

Ilustración que representaría como serían los éforos espartanos

Este modo de elección parece un tanto pueril, y no sólo a los investigadores modernos, sino también a los filósofos e historiadores antiguos, puesto que no se empleaban siquiera papeletas de voto, como tenía lugar en Atenas, sino que el sistema no era otro que el de intentar cuantificar la intensidad de los gritos de la asamblea, al igual que ocurre en nuestros días en algunos concursos televisivos. El elegido, coronado de flores, iba a darle gracias a los dioses mediante una ofrenda, acompañado de un cortejo integrado por sus familiares, sus partidarios y también numerosos jóvenes. Las mujeres que integraban el cortejo, durante la marcha, iban cantando y exaltando, por lo general, los méritos del nuevo geronte y también los de sus antepasados, así como encomiaban su virtud y proclamaban dichosa su vida. Después de la ofrenda, se celebraba un banquete, en el que se le adjudicaba al elegido una segunda ración de viandas, la cual, guardándola, se la llevaba.

Tras el banquete, de entre las mujeres de su familia, que se encontraban en la puerta de la sala, llamaba a la que en esa ocasión tenía en más aprecio y, entregándole la ración, le decía que, tras haberla recibido él mismo como premio, se la cedía a ella. De manera que también aquélla era acompañada, con envidia, por las otras mujeres, ya que la cesión se entendía como un testimonio de estima muy especial. Asimismo, solían entregársele al candidato algunos regalos. Ejemplo de ello era la costumbre del rey Agesilao, que, para mostrar bien a las claras que era partidario de la existencia del consejo —hecho puesto en duda en multitud de ocasiones—, le regalaba dos bueyes y una capa al recién elegido. Los gerontes eran nombrados de por vida, es decir, su cargo era vitalicio, y no estaban expuestos ninguna responsabilidad en el ejercicio de sus funciones. De ello se deriva un elemento llamativo: en el ejercicio de sus funciones, los gerontes no escaparon a los casos de corrupción y venalidad, en los que también se vieron envueltos reyes y éforos. Observamos, con total nitidez, que hay costumbres que siguen vigentes…

Fragmento de un artículo publicado en junio de 2007 por el Doctor en Historia Antigua Alfonso López Pulido para el número 11 de “AMEG. Revista de enfermería gerontólogica”. Puedes acceder al artículo completo a través de este enlace.

 

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