Crítica de “La carga de la Brigada Ligera” (II)

Olivia de Havilland y Errol Flynn en una escena de la película

Segunda parte del artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia. Puedes acceder a la primera parte completa a través de este enlace.

En la película se cambia el nombre de la ciudad por el de Chukoti debido a que ese episodio fue posterior a la Guerra de Crimea. En cualquier caso, los trágicos hechos sirven para explicar por qué la Brigada Ligera realizará luego su carga en Balaklava: algunos de sus hombres formaban parte del contingente de auxilio que no llegó a tiempo y además se enteraron de que tras las baterías rusas estaba el responsable de la matanza, Surat Khan. El nombre del personaje auténtico era Nana Sahib y desapareció ese mismo año, cuando los cipayos fueron derrotados y se restableció el orden en la India, sin que se sepa qué fue de él. Por tanto, la cosa venía como anillo al dedo y el guionista Rowland Leigh colaboró con Jacoby para rehacer el texto.

De hecho, la trama india ocupa la mayor parte del metraje del film y la parte de Crimea, la de la carga, sólo llega al final, cuando el mayor Geoffrey Vickers (Errol Flynn) se entera de la presencia de Surat Khan y decide realizar el ataque. Al igual que Custer en Murieron con las botas puestas, sabe que se trata de una acción prácticamente suicida, así que en una emocionante escena escribe una carta para su prometida que encarga llevar a su hermano Perry, que como él es oficial del 27º de Lanceros (regimiento ficticio, pues en Balaklava estuvo el 17º) pero además está enamorado de ella (y ella de él), librándole así de la probable muerte en un noble gesto. Un auténtico preludio al final de Casablanca.

Fotografía del director Michael Curtiz

Por cierto, Patrick Knowles, el actor que interpreta a Perry, hizo tan buenas migas con Flynn que éste medió varias veces para volver a trabajar juntos en más filmes, como fue el caso de Robín de los bosques, y él le devolvería el favor defendiéndole acaloradamente de las acusaciones de espía nazi que le hizo un biógrafo a la estrella tras su muerte.

En lo estrictamente cinematográfico, su rol anterior como capitán pirata había hecho a Flynn ganarse el papel de Vickers sin discusión, desplazando otras posibilidades manejadas como Fredric March, aún cuando no fuera británico exactamente. Como quería Warner (era tasmano de nacimiento). Otro tanto puede decirse de Olivia de Havilland respecto a la hoy olvidada Anita Louise. No obstante, no faltó un inmejorable toque británico con la presencia de David Niven. Para el taimado Surat Khan se manejaron los nombres de Edward G. Robinson y Basil Rathbone (que también había estado en El capitán Blood, interpretando al villano pirata Levasseur), pero al final fue C. Henry Gordon quien lo encarnó; curiosamente tenía experiencia en papeles relacionados con Asia porque en su carrera trabajó en varias películas del detective Charlie Chan.

Olivia de Havilland, Errol Flynn, and Patric Knowles en sus respectivos personajes

Como era habitual, el rodaje no se realizó ni en la India ni en Crimea sino en Lone Pine, California y otros lugares de EEUU, resultando bastante polémico por el trato dispensado a los caballos durante la escena de la carga: en esa época era habitual atar cables a las patas de los equinos para tensarlos y que cayeran cuando se deseaba simular su muerte de un disparo, pero veinticinco animales de los más de cien utilizados acabaron sacrificados por las heridas que sufrieron. Errol Flynn se indignó por ello y tuvo un serio enfrentamiento con Curtiz, al que estuvo a punto de pegar (tuvieron que separarlos).

La polémica alcanzó tales dimensiones que llegó al mismísimo Congreso, que años después y en colaboración con ASPCA (American Society for the Prevention of Cruelty to Animals), prohibió el uso de cables en lo sucesivo. Se dice que ésta fue la razón por la que la Warner Brothers, más tarde, tendría el filme apartado muchos años. Digamos, de paso, que también murió un especialista al caer sobre su sable.

Fotograma de una de las escenas de la película

La vibrante puesta en escena de Curtiz, ayudada por un amplio presupuesto de millón y cuarto de dólares, así como por la química proverbial de los protagonistas -en realidad menos aquí, lejos de la de Murieron con las botas puestas-, los emotivos versos de Tennyson, los elegantes decorados y la siempre excelente partitura de Max Steiner no fueron suficiente para que la película fuera siquiera nominada al Óscar en un año que ganó la musical El Gran Ziegfield. Tampoco se acordaron de Curtiz ni de los actores; sí de la música de Steiner, aunque no ganó, como tampoco lo hizo el nominado al mejor sonido, Nathan Levinson. Quien sí se lo llevó, como mejor ayudante de dirección (categoría que ya no existe), fue Jack Sullivan.

Una sugerencia, para terminar: tras ver este filme se puede hacer otro tanto con La última carga, la versión que hizo el cineasta británica Tony Richardson en 1968. Una buena forma de descubrir cómo afrontar un mismo tema desde perspectivas completamente distintas, opuestas incluso: épica una, crítica la otra; aventurera la primera, historicista la segunda. La última carga es una combinación de comedia mordaz con tragedia, en la que todos los personajes salen bastante malparados y se denuncia el absurdo de la guerra. Eran otros tiempos. Hoy es casi imposible encontrar algo así en el cine y se está más cerca de la visión antigua, con todos sus defectos pero sin sus virtudes.

Olivia de Havilland y Errol Flynn en una escena de la película

Segunda parte del artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia. Puedes acceder a la primera parte completa a través de este enlace.

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

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