Claves para entender el arte barroco

Las hilanderas o la fábula de Aracne, Diego Velázquez (1655 – 1660)
Las hilanderas o la fábula de Aracne, Diego Velázquez (1655 – 1660)

Fragmentos de un artículo sobre el barroco publicado por Raquel Martín Marrero, graduada en Historia del Arte, en la web de La Trova el día 13/03/2019. Puedes acceder a la versión completa del mismo a través de este enlace.

El arte barroco sufre muchas veces el estigma de los prejuicios de aquellos que tienen una concepción parcial de este estilo, pero lo cierto es que el barroco es mucho más que sus tópicos de opulento, recargado, exaltado, oscuro y profundamente religioso. El estilo barroco se caracteriza por el contrapunto de sus elementos, pudiendo ser extremadamente ostentoso y contenciosamente austero; puede presentarse de forma increíblemente abigarrado pero también sencillamente dispuesto; puede transmitirnos desde los sentimientos más fanáticos y enardecidos hasta la espiritualidad de lo cotidiano.

El barroco es un estilo holístico y expansivo, integra lecturas tradicionales y contemporáneas de la época, desde la proyección antiintelectualista del cristianismo hasta el empirismo de Galileo Galilei o el racionalismo de Descartes. El barroco integra las manifestaciones reformistas y contrarreformistas de la Iglesia, los elementos del arte clásico y renacentista, y también los medievales y manieristas. Se trata de un estilo en el que convergen todos los estilos anteriores, sus temas y figuras protagonistas para entregarse a una nueva forma de mostrar el mundo.Porque, ante todo, el arte barroco se caracteriza por su intención pedagógica y aleccionadora.

Judith decapitando a Holofernes (a la izquierda, 1612-1613), y Judith decapitando a Holofernes (a la derecha, 1620-1621)
Judith decapitando a Holofernes (a la izquierda, 1612-1613), y Judith decapitando a Holofernes (a la derecha, 1620-1621)

Debemos entender que el arte en sí mismo ha estado siempre al servicio del poder y de los Estados. Si bien a día de hoy la manipulación de la percepción de lo que ocurre en el mundo se realiza a través de los medios de comunicación en masa, la pintura a lo largo de la historia del arte ha cumplido este papel. Reyes, nobles, burgueses y, por supuesto, la Iglesia, han hecho un uso propagandístico y político de este elemento aparentemente inofensivo para mostrar, enseñar y adoctrinar en la creencia que fuera de su interés. La Edad Moderna se caracterizó por ser un periodo especialmente convulso a partir del siglo XVII, donde el absolutismo y las guerras empezaron a hacer germinar en la clase no privilegiada un inconformismo que detonaría en 1789 con la Revolución francesa. Por tanto, lo que deberíamos preguntarnos ahora es cómo afecto el panorama internacional de la Europa del siglo XVII a las Artes, y en concreto, al barroco.

Hemos descrito un periodo con luces y sombras, una época de carestía, guerras y enfermedades, pero también de opulencia, ostentación y lujos; el barroco va a evidenciar esta complejidad. Si bien hemos hablado de una Europa resultado de los Estados modernos, organizada en territorios fundamentados en sus intereses políticos, cuando hablamos del barroco europeo debemos diferenciar este estilo dentro de cada uno de los territorios asumiendo las influencias mutuas.

Mapa de Europa tras la Paz de Westfalia
Mapa de Europa tras la Paz de Westfalia

El estilo barroco nace en Italia como la máxima exaltación de la gloria de Dios y de la Iglesia. Se trata de la continuación de la estética basada en el rechazo al normativo gusto clásico. Por el contrario, en Francia impera un nuevo y ostentoso clasicismo donde la claridad, la luz y el orden serían la traducción artística del racionalismo filosófico. Versalles sería el ejemplo más ilustrativo de este exuberante barroco francés o clasicismo caracterizado por su tendencia a la teatralidad. Éste último será un elemento tangencial al resto de interpretaciones barrocas y nos permite encontrar un “leitmotiv” dentro del complejo estilo. Otros elementos comunes serán el gusto por modelar las figuras por medio del color y la luz, bien sea anulando la línea o el dibujo dentro del cuadro, bien sea abusando del contraste hasta generar un claroscuro que nos revele las formas.

Dentro de las dicotomías que surgen en el estilo barroco enunciadas por el claroscuro, la expresión de lo excesivo y lo exagerado serán representativos del Barroco italiano, español y francés. Aun así, también encontraremos en Alemania, Holanda y Flandes las máximas expresiones de la ordinariez y la cotidianidad: los temas costumbristas y los bodegones. Se trata de obras con una poderosa presencia del realismo o naturalismo en las que el artista retrata lo que ve. La influencia de los bodegones del norte de Europa gozarán de un gran éxito en el sur donde podremos ver su desarrollo como tema individual y su integración en composiciones más abigarradas.

Niño con un cesto de frutas, Caravaggio, cuadro barroco (h. 1593)
Niño con un cesto de frutas, Caravaggio, (h. 1593)

Hemos hablado de la gran riqueza de los estamentos privilegiados y la alta burguesía, de modo que podremos deducir que gran parte de los encargos artísticos serán realizados por la Iglesia y la casa real, pero también por estas clases sociales. De este modo, a lo largo del siglo habrá un importante desarrollo y práctica de la retratística paralela a la temática religiosa. También hay que destacar el gusto por los temas mitológicos e historicistas.

Pero, tal y como tenemos en el imaginario colectivo, el barroco tiene su máxima expresión en el arte religioso, al menos en los países católicos. Como ya habíamos anunciado, tras el Concilio de Trento y el crecimiento de las fuerzas protestantes, la Iglesia católica decide responder con todo su arsenal. Tras algunas reformas internas, dadas las denuncias por corrupción eclesiástica, convierte el arte en su más poderosa arma propagandística. Las obras religiosas del barroco subrayarán con suntuosidad el poder de la Iglesia católica a través de una arquitectura monumental, de extraordinarias formas y exuberantes ornamentos. A esto debemos añadir la construcción masiva de las mismas, es habitual encontrar varios templos barrocos en un mismo espacio.

Iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane, Francesco Borromini, (1638-1641)
Iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane de Francesco Borromini (1638-1641)

En el caso de la escultura y la pintura, responderán a un tratado pedagógico de reeducación tanto de la sociedad como de la comunidad eclesiástica en los verdaderos dogmas del catolicismo. El resultado serán imágenes de gran carga emotiva, de pasiones desenfrenadas y de exaltación de la humanidad y la divinidad. En este sentido serán la pintura italiana y la pintura española las que originen las obras de mayor calibre, ya que la pintura francesa rendirá culto a su monarca.

En el caso de la pintura flamenca despuntarán Rubens y Van Dyck, aunque el primero con una mayor desarrollo en los temas mitológicos y el segundo en lo que la retratística le ocupa. Dentro del panorama flamenco cabe destacar la presencia de Clara Peeters y la exquisita calidad de sus bodegones, influidos por los holandeses. En Holanda, Rembrandt y Vermeer serán los protagonistas del panorama pictórico: el primero por su calidad como retratista y su interés por la representación de la perfección anatómica, y el segundo por su desarrollo de los temas costumbristas, dotados de una delicadeza y una espiritualidad que trasciende lo doméstico.

Mesa, Clara Peeters, cuadro barroco (1611)
Mesa, de Clara Peeters (1611)

¿Protagonizan Italia y España el arte barroco?

Si bien el estilo barroco nace en Italia, la aportación que hace España a su desarrollo y proyección la debemos considerar como fundamental para su comprensión. La máxima expresión de los valores puramente barrocos los encontraremos con notable viveza en los maestros de la época: Velázquez, Murillo, Ribera y Zurbarán. Tanto en su época como en la actualidad son reconocidos como figuras troncales de la pintura universal, situando a España en el radiante cenit del estilo barroco. Las obras producidas por los artistas del Siglo de Oro español se rigieron por una genial codificación artística de la contrarreforma: el naturalismo, el realismo, la expresividad y sobre todo la accesibilidad del dogma católico a todos los fieles.

Con respecto a la producción religiosa podemos destacar el magnífico tratamiento del color de Bartolomé Esteban Murillo o Juan Valdés de Leal, así como el uso magistral de la luz por parte de Francisco de Zurbarán o José de Ribera. Tanto la luz como el naturalismo estuvieron al servicio de la expresión de la más prodigiosa representación de las figuras protagonistas, tanto santos como personajes populares de la sociedad fueron revelados y descubiertos en la pintura barroca como seres poderosamente humanos.

San Andrés, José de Ribera (h. 1631)
San Andrés, de José de Ribera (h. 1631)

La terrenalidad de la divinidad fue el gran desafío conceptual y plástico de la época, y es justo situar la pintura, pero sobre todo la imaginería barroca española, en primera línea en esta labor. La presente teatralidad barroca que podemos percibir en la pintura italiana de Caravaggio o Annibale Carracci, o en la pintura francesa, tiene una reinterpretación más naturalista en los lienzos españoles, donde la construcción de escenas y la interacción entre las figuras evocan visiones de las visiones de la misma.

Si bien señalamos la intensa campaña propagandística desarrollada por la Iglesia, no es para menos aquella llevada a cabo por los monarcas absolutistas. En este sentido, ningún monarca contó con un pintor de corte de la talla de Diego Velázquez, quien produjo un cambio de paradigma en la pintura universal en lo relativo a la proyección de la dignidad del retratado a través de una paleta contenida y un uso prodigioso de los focos de luz. No serían menos los cuadros dedicados por el artista a temas mitológicos, historicistas o religiosos, cuyas composiciones responden a un sentido de la teatralidad más europeo que español.

Pero sin lugar a dudas, la figuración de las personalidades de la corte, desde monarcas a bufones y meninas, así como sus obras costumbristas repletas de personajes populares, son aquellas que merecen las mayores de las distinciones dentro de la época por su prodigiosa representación de la materialidad del ser humano en todas sus dimensiones.

Las hilanderas o la fábula de Aracne, Diego Velázquez, cuadro barroco (1655 – 1660)
Las hilanderas o la fábula de Aracne, de Diego Velázquez (1655 – 1660)

Fragmentos de un artículo publicado por Raquel Martín Marrero, graduada en Historia del Arte, en la web de La Trova el día 13/03/2019. Puedes acceder a la versión completa del mismo a través de este enlace.

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