CRÍTICA DE “BRAVEHEART” (II)

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

En esta segunda parte de la crítica a la película “Braveheart” nos queda la figura del propio William Wallace. A lo largo de un lustro desarrolló una especie de guerra de guerrillas y una política de tierra quemada con la que logró frenar el avance inglés y ganar cada vez más seguidores. Pero las guerras se ganan en las grandes batallas y nuestro protagonista protagonizó dos fundamentales. Una fue la de Stirling (1297), victoria que le convirtió en un héroe nacional y le hizo ganarse el honor de ser nombrado Guardián de Escocia: el combate fue al pie del castillo homónimo, un terreno astutamente elegido porque la presencia de un río, sólo salvable por un puente de madera, limitaba la capacidad de movimientos de la poderosísima caballería inglesa, que desaprovechó su inmensa superioridad numérica y acabó acorralada y exterminada, no entre la espada y la pared sino entre la espada y el lecho fluvial. Eso sí, que nadie espere una recreación mínimamente fiel del desarrollo de los combates.

Lámina de la Batalla de Stirling en el que se ve el verdadero aspecto de los escoceses
Lámina de la Batalla de Stirling en el que se ve el verdadero aspecto de los escoceses

La otra batalla fue la de Falkirk (1298), donde la táctica defensiva adoptada por los escoceses para protegerse la caballería enemiga no sirvió para nada porque fueron masacrados -el propio Wallace recibió un flechazo en el cuello- por los miles de arqueros galeses reclutados por Eduardo I y la defección de su propia caballería, que huyó ante la acongojante carga enemiga. Ya puestos, digamos que Gibson no pudo resistirse a inventarse que los  irlandeses abandonaran sus filas y se unieran a los escoceses en plena faena; todos juntos contra Inglaterra.

Después de esa desastrosa derrota, William Wallace tuvo que huir a Francia y allí permaneció exiliado hasta que en 1305, con engaños, regresó y fue capturado, de forma similar a los que pasó en España con el Empecinado y el general Torrijos. El rey había decretado una amnistía pero él estaba excluido. Acusado de alta traición, fue sentenciado a una muerte brutal, como ha sido costumbre en la Historia para cargos así. En la película se opta por no mostrar explícitamente la ejecución, dada la truculencia del proceso: primero, un caballo le arrastró por las calles de Londres; luego le ahorcaron pero antes de morir se le mutiló mediante castración y evisceración, para después decapitarle y descuartizarle, repartiéndose sus trozos por diversas ciudades para servir de ejemplo. Pese a todo, en la pantalla aún tiene chulería suficiente para gritar “¡Libertad!”. Lógico, si se tiene en cuenta que en el guión se niega a tomar el veneno que le ofrece Isabelle. ¿Por qué? ¿Para sufrir el martirio y despertar a sus seguidores, en una versión medieval de Cristo (o en una especie de preludio de otra película de Gibson, La Pasión?) ¡Uf!

Uno de los carteles promocionales de la película
Uno de los carteles promocionales de la película

Cambiando de tercio, uno de los pilares de Braveheart es su banda sonora. El recientemente fallecido James Horner consiguió con ella la tercera de sus diez nominaciones a los Óscar (ganaría el premio en 1997, con Titanic, aunque a mi me parecen mil veces mejores sus composiciones anteriores). Por supuesto, no faltan gaitas en la partitura, cosa curiosa que lleva a recordar la escena del funeral del padre de Wallace, donde se dice que ese instrumento había sido prohibido por los ingleses; otra falsedad, ya que éstos no proscribieron los símbolos nacionales escoceses (kilt, gaita, gaélico) hasta el siglo XVIII, a causa de la rebelión jacobita.

Una de las famosas escenas de batalla de la película
Una de las famosas escenas de batalla de la película

Por lo demás, uno tiene la impresión de que el éxito de Braveheart se basa en algo tan simple (más simple aún que el desarrollo de los personajes, que ya es decir) como el famoso discurso que el protagonista declama antes de la batalla de Stirling, ése en el que termina gritando “¡Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitará la libertad!”. Lástima que Shakespeare ya lo hiciera antes -y mucho mejor- en Enrique V (véase la película homónima de Kenneth Brannagh, por ejemplo), con aquella arenga memorable del día de San Crispín. Eso sí, Mel Gibson se llevó dos Óscar, a la mejor dirección y la mejor película, premiándose eso que tanto gusta en Hollywood y que es el gran espectáculo aderezado con un guión más o menos digno (Randall Wallace, su autor, se basó en un poema del siglo XV -doscientos años posterior a los hechos y, por tanto, nada fiable- pero no obtuvo galardón), como antes había pasado con otros filmes de ese tipo: Lawrence de Arabia, El puente sobre el río Kwai, Ben-Hur, Gandhi, Amadeus, Bailando con lobos… Todos ellos, por cierto, muy superiores a Braveheart.

Termino decepcionando un poco más al espectador ilusionado con la revelación postrera, ésta mas disculpable. Pese a que pueda dar el pego, la inmensa mayoría de los paisajes escoceses que vemos en imagen no son tales, ya que la película se rodó casi íntegramente en Irlanda y, anatema, unos estudios de Londres. En fin, como coña final: hay que fijarse en la escena de la boda, no la de Wallace sino la que interrumpen los ingleses, a ver quién es capaz de identificar, entre los extras que hacen de invitados, a Christopher Lambert caracterizado como su personaje Connor MacLeod de Los inmortales. Eso, el humor, sí se lo reconozco a Gibson.

Mel Gibson supuestamente caracterizado como William Wallace
Mel Gibson supuestamente caracterizado como William Wallace

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

2 Comentarios

  1. Excelente crítica. Lo único que tal vez se pueda decir en defensa de este tipo de películas es que pican la curiosidad. Yo empecé a interesarme en la historia de forma muy poco académica jugando age of empires y viendo mongol, braveheart, kingdom of heaven, y otras que estan todas preñadas de falacias.

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