EL POGROMO DE 1391

Artículo originalmente publicado por mí en QAH

Antes de meternos de lleno con este suceso, es preciso aclarar primero qué es. Un pogromo (también llamado pogrom) es la matanza y robo que se le hace a gente indefensa por parte de una multitud de personas enfurecida. Para el caso que nos atañe, podríamos decir que el pogromo de 1391 hace referencia al linchamiento multitudinario, ya sea de forma espontánea o premeditada, de la comunidad judía de los reinos ibéricos de Castilla y Aragón, procediendo además a la destrucción o el expolio de sus bienes, ya sea en forma de casas, tiendas y negocios, centros religiosos, centros económicos o financieros… En los primeros meses de reinado del rey Enrique III de Castilla (1390-1406), las Cortes se reunieron en Madrid, y en el contexto de esta reunión es cuando se recibieron las noticias de las alteraciones del orden que se estaban produciendo contra los judíos en ciudades como Sevilla, Burgos, Toledo, Logroño, Valencia, Barcelona…

Vidriera en la que se representa a Enrique III de Castilla
Vidriera en la que se representa a Enrique III de Castilla

El primer brote del pogromo surgió en Sevilla con las predicaciones antisemitas de Ferrand Martínez, el arcediano de Écija. Hay que aclarar que este cargo eclesiástico, el arcediano, designaba al diácono mayor de las catedrales, en este caso, la de Écija. Desde lo ocurrido en Sevilla, las Cortes y el rey se pusieron en marcha para tratar de frenar su expansión, enviando procuradores tanto a Sevilla como a una de las ciudades donde más repercusión podría tener este movimiento antisemita, Córdoba. Aunque las cartas leídas por los procuradores en cierto sentido calmaron los ánimos, no se extinguió el conflicto, sino todo lo contrario, ya que se extendió poco después hasta llegar incluso a la otra punta de la península, a Barcelona.

Cuadro de Josep Segrelles sobre el pogromo de 1391 en Barcelona
Cuadro de Josep Segrelles sobre el pogromo de 1391 en Barcelona

El origen social de este movimiento antisemita se asentaba en la gran riqueza y fortuna que acumulaba la comunidad comerciante judía, supuestamente conseguida a base de estafar y robar a sus clientes y demás compradores. Esta insatisfacción habría sido alimentada por las predicaciones de este arcediano ubicado en la ciudad de Sevilla desde tiempos del anterior rey a Enrique III, es decir, Juan I. Creyéndose amparados por la impunidad que les habría otorgado la Iglesia, se destruyeron desde sinagogas hasta aljamas. A pesar de los intentos porque no llegara, la sublevación antisemita llegó a la ciudad de Córdoba, lo que se tradujo en un sangriento asalto, saqueo y matanza de la judería y el castillo de esta ciudad, con el objetivo como pretexto de obligar a convertirse al catolicismo a todos los judíos que quisieran conservar la vida. Este pogromo en Córdoba no solo estaba formado por la gente de a pie de la calle, sino que también estaba conformada por integrantes de familias nobiliarias, criados y sirvientes de grandes caballeros, e incluso clérigos, que se encargaban de mantener enardecida a la masa furiosa.

Sepulcro de Enrique III de Castilla
Sepulcro de Enrique III de Castilla

Ante esta oleada de violencia antisemita, el rey no pudo permanecer impasible, al menos en teoría. Por lo que sabemos, Enrique III impuso a gran número de asaltadores y demás personas de la sublevación unas grandes multas económicas, que en total se calcula que sumaban unas 40000 doblas de oro (en la actualidad correspondería a más de 9000 euros, si tenemos en cuenta que una dobla de oro era como unos 24 céntimos de euro actuales). Sin embargo, la realidad histórica es que la Corona no llegó a cobrar ni el 25% de esas multas, quizás por miedo a nuevas sublevaciones contra la Corona, o por miedo a procesar judicialmente al notable número de nobles y eclesiásticos que tomaron parte en el pogromo. Por otra parte, el rey concedió una especie de indultos a gran parte de las personas a las que había condenado al destierro, permitiéndoles volver a sus casas sin ningún tipo de contraprestación. En cambio, en el otro lado de la moneda está la comunidad judía, que, por lo que se sabe, no recibió ningún tipo de indemnización económica o de cualquier otro tipo por todas las pérdidas acumuladas por el arruinamiento de sus negocios, por las muertes de sus familiares y amigos, y por el destrozo de sus sinagogas y centros religiosos.

Ferrand Martínez, arcediano de Écija
Ferrand Martínez, arcediano de Écija

Por tanto, a partir de la investigación histórica que se puede hacer a través de fuentes de conocimiento como las “Crónicas del Rey don Enrique, tercero de Castilla e de León“ del cronista Pero López de Ayala (1332-1407), podemos extraer varias cosas: en primer lugar, ni el Rey ni las Cortes eran tan efectivas, magnánimas y tolerantes como lo manifiesta López de Ayala en su texto, ya que no se ajustició ni se condenó a la mayoría de personas implicadas en la sublevación, y no se compensó a la comunidad judía por todos los daños que habían recibido. Por otra parte, también se desmonta la supuesta fortaleza y gran poder de la Corona y las Cortes castellanas de este contexto histórico, ya que nos encontramos a unas instituciones judiciales que no se atreven a impartir la Justicia por miedo a las represalias que podrían tomar los nobles o la Iglesia contra ellos, lo cual es sinónimo de debilidad y dependencia de la Corona hacia estas instituciones.

Grabado de Pero Lopez de Ayala
Grabado de Pero Lopez de Ayala

Artículo originalmente publicado por mí en QAH

5 Comentarios

  1. Excelente artículo. Interesante, riguroso y excelentemente narrado. Tenía noticias del pogromo de Córdoba, pero no sabía que estaba extendido a toda la península. Enhorabuena.

  2. Gracias por el artículo. muy bien documentado y narrado. He sabido de los pogromos a lo largo de la historia, particularmente contra la judería, siempre ”JUSTIFICADOS”, lamentablemente. Me gustaría saber al respecto en tiempos de Isabel la Católica. De nuevo muchas gracias!!!!

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