CRÍTICA DE “ROJOS”

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

Es curioso que un acontecimiento de tanta resonancia y trascendencia para el siglo XX como fue la Revolución Rusa, apenas haya sido tratado en el cine, al menos en comparación con otros episodios históricos. Por supuesto, no faltan películas sobre el tema y algunas incluso de fuste, como Octubre, Dr. Zhivago, Nicolás y Alejandra o Siberiada, por citar las más conocidas, pero lo cierto es que hay cierta escasez; por eso sorprendió especialmente que en 1981, recién elegido presidente Ronald Reagan, Hollywood se embarcara en un proyecto de grandes dimensiones cuya acción transcurría, en parte, en el contexto de la Revolución Bolchevique de 1917 y, más aún, que encima fuera un éxito comercial.

Se trató, eso sí, del empeño personal de Warren Beatty, que para entonces había empezado a aparcar el mundo de la interpretación para centrarse en otras facetas como las de productor, director y guionista. Al igual que en su último papel, El cielo puede esperar, reunió las tres, junto con la de actor, en Rojos (Reds). Beatty ya había probado la experiencia de producir en Bonnie and Clyde pero a partir de Shampoo (1975) la convirtió en costumbre y toda su filmografía en adelante, salvo alguna excepción, estaría financiada y controlada (y a veces también dirigida) por él; con  bastante acierto, dicho sea de paso, tanto comercial como de crítica, exceptuando el desastre de Ishtar.

Warren Beatty recibiendo el Óscar a mejor director en 1981

Asimismo, Warren Beatty siempre demostró un decidido interés por la política, participando en numerosas causas progresistas y colaborando activamente con el Partido Demócrata, a cuya lista se incorporaría en 2006 como oponente de un candidato republicano que también era de la profesión, Arnold Schwarzenegger. Se entiende, pues, que uno de sus grandes proyectos cinematográficos, en el que trabajó durante muchísimo tiempo antes (desde 1972, dijo, aunque los primeros pasos fueron a mediados de los sesenta, con un borrador de guión titulado Camaradas), fuera llevar a la pantalla la vida de John Reed, el personaje perfecto para aunar en uno solo al aventurero y al izquierdista, al periodista y al revolucionario, al escritor y al activista.

Reed era todo eso a la vez. De familia acomodada, empezó su carrera como corresponsal en la Revolución Mexicana (la primera escena de Rojos le muestra huyendo de un feroz tiroteo en ese conflicto), pero su gran momento llegó en 1915, cuando se opuso a la entrada de EEUU en la I Guerra Mundial. Fue en ese contexto cuando conoció a Louise Bryant y cuando comienza la película propiamente, pues antes (y durante y después) desfilan por la pantalla una serie de testigos reales de los acontecimientos que se van a narrar y que vivieron aquellos hechos directa o indirectamente, entre ellos el dramaturgo Arthur Miller, el hijo de Kerenski, el distribuidor de cine Arthur Mayer, la novelista Rebecca West, el activista por los derechos humanos Roger Nash Baldwin y muchos más. Por cierto, algunos ya habían fallecido cuando se estrenó el film pero es que Beatty había rodado sus testimonios a lo largo de años, lo que da una idea de la dimensión del proyecto.

Póster de la película

El propio Beatty encarna al protagonista, mientras que de Louise se encarga Diane Keaton, con la difícil -y exitosa- misión de mostrar la complejidad del carácter de aquella feminista radical empeñada en no depender de ningún hombre ni profesional ni afectivamente, aunque la realidad la iría moldeando en una evolución magistralmente plasmada en el guión (escrito por Warren Beatty y Trevor Griffiths, este último reclamado expresamente por el anterior por ser un conocido marxista militante no estalinista que, sin embargo, dejó la película a la mitad; en cualquier caso, el guión fue nominado al Óscar). De hecho, Keaton, junto a su partenaire, a Maureen Stapleton (que asumió el rol de la histórica anarquista Emma Goldman) y Jack Nicholson (en el papel del dramaturgo Eugene O’Neil) fueron candidatos al premio, aunque sólo se lo llevaron dos de ellos.

Una, el de la Mejor Secundaria, fue para Stapleton, actriz que ya había estado nominada varias veces con anterioridad y que por fin lo ganó por esa Emma Goldman. Una mujer a la que Hoover definió como “una de las mujeres más peligrosas de América”, dura e implacable -aunque al final demuestra no serlo tanto, suavizando su desprecio inicial por Louise Bryant-, que se pasó la vida entrando y saliendo de prisión hasta ser deportada a Rusia, donde también quedó decepcionada con los bolcheviques. El otro, al Mejor Actor (aunque también se lo llevó al Mejor Director), fue para el mismo Beatty, que compone un John Reed magistral, llenó de matices y poseedor de un entusiasmo ingenuo y simpático ante el que todos los espectadores se rinden inevitablemente. Quién se lo iba a decir cuando había barajado dejarle el papel a John Litgow y dedicarse sólo a tareas de producción y dirección.

Maureen Stapleton en la película que le valió un Óscar a mejor actriz de reparto

Reed y Louise Bryant se enamoraron, aunque fueran reticentes a llamarlo así, e iniciaron una vida en común que es la que narra la primera mitad de Rojos, mostrando los altibajos del amor en forma de celos, peleas, reconciliaciones… Tal cual les pasó a sus intérpretes, que eran pareja y de los que se rumoreó que a veces no actuaban (terminaron rompiendo al acabar el rodaje). Ambos personajes presumen de independencia pero, a la vez, caen en la contradicción de aspirar a una vida más clásica, más “burguesa”; al menos en el caso de Louise, partidaria del amor libre pero que al quedarse sola a menudo al no poder competir con la gran amante de Reed, la política (el intento de él de organizar un partido comunista en EEUU), termina solazándose en brazos de un amigo común, al citado O’Neil, al que Jack Nicholson interpreta sobriamente, por raro que sea (espléndido, por cierto, el largo plano que le muestra desde la puerta marchándose por el sendero del jardín tras ser definitivamente rechazado por ella).

La tensión afectiva acaba estallando en pedazos, pero en Rusia, a donde han ido para cubrir periodísticamente la revolución, recomponen su idilio, que Beatty sintetiza mediante un magnífico montaje audiovisual a ritmo de La Internacional que culmina con el metafórico lanzamiento al aire del sombrero viejo de un amigo de Reed, que ha cambiado por otro nuevo por el triunfo del bolchevismo, tal como prometía. Con esa emocionante escena termina la primera parte de la película, la más feliz y optimista (también más lenta, con planos cortos y muchos juegos de miradas y silencios), dando paso a la segunda, bastante más oscura. La atención ya no es la relación sentimental de los protagonistas -rota al fin y al cabo- ni su progreso profesional ni el contexto de la izquierda en EEUU. Ahora Reed, que ha triunfado con su famoso libro Cien días que conmovieron al mundo, se ha convertido en un político activo empeñado en importar la revolución a su país, pero la división en la izquierda estadounidense es tal que decide viajar a Rusia a pedir reconocimiento de la Komintern para su partido comunista.

Fotografía de Jack Nicholson y Warren Beatty en la película

La paradoja es que cuando quiere volver a su país por motivos personales no se lo permiten -están en plena guerra civil-, así que lo intenta hacer por su cuenta y acaba preso en Finlandia. El amor de Louise sigue latente y se lía la manta a la cabeza para salir en su busca, ayudada por un O’Neil que renuncia a su cinismo en un bello gesto. No habrá forma de que se encuentren porque cuando ella llega al país escandinavo Reed ya ha sido canjeado por cincuenta profesores pero ella no renuncia a su búsqueda y termina en Rusia alojada por su antigua enemiga Emma Goldman, que también está medio atrapada allí, amargada y decepcionada ante la represión y la burocracia que se han adueñado de la revolución (de hecho, participó en la sublevación de Kornstadt, un fallido motín anarquista contra los bolcheviques).

El propio Reed experimenta sensaciones parecidas cuando es enviado a dar discursos a Bakú y descubre que los intérpretes manipulan sus palabras alentando a los musulmanes a la yihad. “¡La revolución es libre albedrío!” clama con tanta ira como ingenuidad contra sus jefes en el tren que les traslada justo antes de un ataque blanco rodado al más puro estilo David Lean: por la complejidad del rodaje (un año en cinco países distintos, España incluida), la minuciosidad de cada toma (hasta ochenta veces se llegó a repetir alguna) y las similitudes estéticas con obras como Lawrence de Arabia en esta segunda mitad, con predominio de planos generales, fascinantes travellings de cámara, grandes masas de extras y detalles curiosos que avalan la documentación histórica del film, como la aparición de una tachenka (una ametralladora montada sobre un coche de caballos típico de la Guerra Civil rusa). Ayuda -y mucho- la espléndida fotografía de Vittorio Storaro, que le dio a Rojos su tercer Óscar (la película perdió ante Carros de fuego).

El trío protagonista de la película: Jack Nicholson, Diane Keaton y Warren Beatty

El periodista y su esposa se reencuentran por fin en la estación ferroviaria moscovita en una emocionante escena, pero para entonces él ya está muy enfermo y sus últimos minutos los pasa en el hospital, con Louise a su lado. Ella sólo le deja para traerle agua, momento en que tiene ocasión de contemplar a una anciana rezando y un niño le da el vaso; instantes de humanidad en medio del caos, pervivencia de tradiciones profundamente arraigadas. Porque, como dice el propio Reed en un emotivo esfuerzo postrero, “hay grandes cosas por las que merece la pena vivir y por las que merece la pena morir”.

Artículo escrito por Jorge Álvarez, licenciado en Historia.

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       Jorge Álvarez es licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fue fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005), creador del blog “El Viajero Incidental”, y bloguero de viajes y turismo desde 2009 en “Viajeros”. Además, es editor de “La Brújula Verde”. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

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