Alejandro Magno en Persépolis

Reconstrucción digital fiel de los palacios de Persépolis

Introducción

Alejandro III de Macedonia (356 – 323 a.C.), más conocido como Alejandro Magno, es uno de los personajes históricos más atractivos de estudiar no solo de la Historia antigua, sino de la Historia en general. Su breve pero intensa vida, la trascendencia de todas sus hazañas militares y el cambio radical que provocó en todo el mundo ha propiciado que en los últimos siglos se hayan publicado miles de estudios sobre todo lo referido a su vida y obra. Después de pasar un mes en la legendaria ciudad de Babilonia e internarse en el corazón del Imperio Persa para apoderarse de la ciudad Susa, Alejandro vivió uno de los momentos cumbre de su vida: la llegada a Persépolis.

Reconstrucción digital fiel de los palacios de Persépolis
Reconstrucción digital fiel de los palacios de Persépolis (Jean-Claude Golvin)

Persépolis, una conquista simbólica

Tras su victoria en la batalla de las Puertas Persas, Alejandro Magno tenía despejado el camino hacia la legendaria ciudad de Persépolis, fundada por el rey Darío I al comienzo de su reinado, hacia el 516-513 a.C., y construida junto a su hijo, Jerjes (486 – 465 a.C.). El recinto palaciego, que no estaba ocupado permanentemente, sino únicamente durante las grandes fiestas, fue ricamente embellecido con numerosos edificios por ambos reyes. A causa de su extensión, su monumentalidad y su magnificencia, constituía uno de los mayores logros arquitectónicos de la Antigüedad.

Al ser el mayor centro administrativo y espiritual del Imperio Persa, la toma de Persépolis simbolizaba muchas cosas. En ella tenían lugar los principales actos y ceremonias del año, y de ella habían salido los ejércitos que habían tratado de invadir la Grecia continental durante el desarrollo de las Guerras Médicas (490 – 479 a.C.). De ahí que Persépolis fuera identificada por los helenos como el corazón de las tinieblas, el mayor símbolo de la dominación persa sobre los pueblos libres conquistados. Por esta razón, como caudillo de la Liga de Corinto, Alejandro tenía la obligación de vengar a todos los griegos.

Estado actual de la Puerta de las Naciones, el gran edificio de entrada a la ciudad
Estado actual de la Puerta de las Naciones, el gran edificio de entrada al recinto palaciego

Alejandro Magno en Persépolis

Alejandro Magno entró en Persépolis sin ninguna dificultad, ya que su gobernador local, Tiridates, había decidido rendirla sin luchar. Aun así, la ciudad tuvo un destino muy diferente al de Susa o Babilonia. Con la aprobación de Alejandro, la ciudad fue salvajemente saqueada por las tropas macedonias, que se entregaron al robo, la violación, el asesinato y la destrucción. Así el nuevo rey de Asia quería agradecer a sus hombres todos sus esfuerzos y su valor, concediéndoles un botín como nunca antes se había visto.

En las cámaras del tesoro de Persépolis Alejandro encontró uno de los mayores tesoros de la Historia: 120.000 talentos, lo que equivaldría a más de 3100 toneladas de oro y plata en lingotes. Esta colosal cantidad de dinero por sí sola superaba ampliamente la suma de todos los tesoros conseguidos hasta la fecha. El tesoro era tan grande que fue todo un reto el solo hecho de sacarlo de Persépolis. Según las fuentes, se habrían necesitado hasta 20.000 mulas y 3000 camellos para llevarse a Babilonia hasta el último gramo de metal precioso.

De Persépolis a Pasargada

Después de pasar cuatro meses en Persépolis, entre enero y mayo de 330 a.C., Alejandro Magno abandonó la ciudad, pero no sin antes ordenar el incendio de sus palacios. La historiografía tradicional explicaba este hecho como el acto irreflexivo de un Alejandro borracho en la víspera de su marcha, pero lo cierto es que fue un acto premeditado y decidido varios meses antes de llegar a la capital persa.

Estado actual de otro de los edificios de Persépolis
Estado actual de otro de los edificios de Persépolis

Alejandro quemó al menos tres grandes edificios (la sala de audiencias, el edificio del tesoro y el palacio de las cien columnas) del recinto palaciego de Persépolis, y lo hizo por dos grandes motivos: por un lado, era la culminación de la venganza griega contra los persas por la destrucción ocasionada en las Guerras Médicas; por otro lado, era un simbólico aviso a navegantes, una advertencia para que nadie se atreviera a cuestionar el dominio indiscutible del soberano macedonio en Asia.

En mayo del 330 a.C., Alejandro Magno abandonó una Persépolis en ruinas y cenizas para dirigirse directamente a Ecbatana, la ciudad en la que se encontraba Darío III y lo que quedaba del ejército imperial persa. Por el camino, Alejandro llegó a Pasargada, la más antigua residencia real persa. Allí se encontraba el monumento funerario de Ciro II el Grande (559 – 530 a.C.), el fundador de la Dinastía Aqueménida y autor de su gran expansión inicial. Ahora que las tres mayores ciudades persas (Babilonia, Susa y Persépolis) habían caído, solo quedaba una misión por delante: había que capturar y matar a Darío III.

Tumba de Ciro II el Grande en Pasargada
Tumba de Ciro II el Grande en Pasargada

Bibliografía

AGUDO VILLANUEVA, M.: “Tras el trono de Persia. Una persecución implacable”, en Desperta Ferro Antigua y Medieval, nº47, 2018, pp. 6-11.

BARCELÓ, P. (2011): Alejandro Magno. Alianza Editorial, Madrid.

CASALS MESEGUER, J.M. (2018): Alejandro el conquistador. Gredos, Barcelona.

GOLVIN, J.C. (2017): Ciudades del mundo antiguo. Desperta Ferro Ediciones, Madrid.

POMEROY, S. [et.al.] (2012): La antigua Grecia. Historia política, social y cultural. Crítica, Barcelona.

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