La Batalla de Pidna

Ilustración que recrea la batalla de Pidna, en la última de las Guerras Macedónicas

Introducción

La batalla de Pidna fue una contienda bélica que enfrentó al ejército del rey de Macedonia Perseo (179 – 168 a.C.) contra el ejército romano encabezado por el general y cónsul Lucio Emilio Paulo (230 – 160 a.C.) a mediados del año 168 a.C. Este enfrentamiento, contextualizado dentro de la Tercera Guerra Macedónica (171 – 168 a.C.), acabó en una aplastante victoria de las legiones romanas que implicó el final de la supremacía de la falange macedonia, la desaparición del reino de Macedonia y el inicio de la conquista romana del mundo griego.

Ilustración que recrea la batalla de Pidna, en la última de las Guerras Macedónicas
Ilustración que recrea la batalla de Pidna, en la última de las Guerras Macedónicas (Fuente: Arrecaballo)

Antecedentes a la batalla de Pidna

Durante más de cien años, Macedonia había sido la dueña y señora de toda Grecia gracias a la falange macedonia, la unidad militar más eficaz y letal de la época. Sin embargo, ahora Macedonia y Roma se habían enfrentado dos veces en las Guerras Macedónicas, entre el 214 – 205 a.C. y el 200 – 197 a.C., respectivamente. A pesar de las victorias de la república en sendas guerras, el Senado romano aun no había conseguido una derrota definitiva de los macedonios, por lo que el fallido magnicidio producido a uno de sus aliados en el 171 a.C. les dio la excusa perfecta para iniciar la Tercera Guerra Macedónica.

En el año 171 a.C. toma las riendas del ejército Lucio Emilio Paulo, un experimentado general y cónsul de sesenta años. Después de reclutar más de veinte mil soldados de infantería y más de mil jinetes, el general se dirigió a Grecia, al río Elpeo (cerca de la ciudad de Pidna, en el golfo de Tesalónica), donde el ejército romano estaba acampado. El cónsul ordenó a su legado Publio Escipión Nasica que marchase con una cuarta parte de las fuerzas hacia la ciudad de Dión, en la retaguardia macedonia, para así envolver al ejército de Perseo.

Al enterarse de las intenciones de los romanos, el soberano macedonio retrocedió hasta la llanura cercana a la ciudad de Pidna para poder desplegar todo el potencial de la falange macedonia. Lucio Emilio Paulo le siguió, y allí fue donde las tropas romanas y macedonias se enfrentaron en una batalla que cambiaría el curso de la Antigüedad.

Un tetradracma con la efigie del rey Perseo de Macedonia, derrotado en la batalla de Pidna
Un tetradracma con la efigie del rey Perseo de Macedonia

El desarrollo de la batalla de Pidna

En la noche del 21 al 22 de junio, justo en la noche anterior a la batalla, se produjo un eclipse de luna que alimentó las supersticiones de ambos bandos, situados en orillas opuestas del río Aeson. Por un lado, aunque los romanos ya lo habían predicho, hicieron sacrificios a la luna para apaciguar a los más temerosos. Por otro lado, los macedonios, que no estaban prevenidos, tomaron este fenómeno como un mal augurio que anunciaba la caída de su rey. De este modo, la falange macedonia entraba al día siguiente en la batalla ya con un cierto desánimo.

El combate comenzó con las tropas de Paulo cruzando el río en una primera escaramuza que fue creciendo hasta convertirse en una batalla campal. Al mismo tiempo que el cónsul enviaba a una treintena de elefantes a cargar contra el ala izquierda de la caballería macedónica, la falange de Perseo destrozaba las líneas de infantería romana. En un terreno como la llanura, la falange macedonia podía demostrar todo su poder gracias al despliegue de su formación de sarisas, sus lanzas de hasta siete metros, pero un cambio del terreno podía afectarles fatalmente. Y fue precisamente este el gran error cometido por Perseo.

Ilustración de una falange macedonia Arrecaballo
Ilustración que recrea una falange macedonia (Fuente: Arrecaballo)

Cuando los romanos comenzaron a huir hacia el monte Olocro, el rey macedonio decidió hacer avanzar la falange en vez de perseguirlos con sus tropas de caballería. Una vez la batalla se trasladó hacia las faldas del monte, el terreno desigual desorganizó la formación de la falange, de manera que pequeñas unidades de legionarios romanos pudieron adentrarse en sus filas para usar el gladio, la espada corta tradicional romana. En una situación como ésta de combate cuerpo a cuerpo, los macedonios tenían  todas las de perder, ya que su ligera armadura, hecha de lino endurecido, no podía competir a nivel defensivo con la cota de malla de los romanos. Como consecuencia, en poco tiempo se produjo la ruptura de las filas macedonias, y una masacre sin cuartel cayó sobre ellos.

Consecuencias de la batalla de Pidna

La consecuencia más inmediata de la derrota macedonia en la batalla de Pidna fue a nivel demográfico. A pesar de que es difícil establecer una cifra totalmente plausible de bajas humanas en ambos bandos, autores clásicos como Plutarco o Tito Livio comparten que los macedonios podrían haber tenido entre 20.000 y 25.000 muertos y entre 5.000 y 6.000 prisioneros, mientras que los romanos no habrían superado los 100 muertos, número que en otros autores nunca llega a superar los 1000.

El triunfo de Emilio Paulo, obra de Carle Vernet hecha en 1789 sobre la batalla de Pidna
El triunfo de Emilio Paulo, obra de Carle Vernet hecha en 1789

Más allá de estas cifras, la batalla de Pidna significó el reconocimiento de la supremacía de la legión romana como unidad militar frente a la falange macedonia. A diferencia de la falange, cuya debilidad  residía en la rigidez necesaria para mantener perfecta su impenetrable formación, la legión romana era un cuerpo militar mucho más versátil y maniobrable. Los legionarios, entrenados para luchar en formaciones más flexibles como la cohorte, el manípulo y la centuria, contaban con armamento para luchar tanto en formación cerrada como cuerpo a cuerpo.

Aprovechando el vacío de poder por la huida de Perseo a la ciudad de Anfípolis, Lucio Emilio Paulo sometió a personajes del círculo cercano al rey e hizo rendirse a varias ciudades. Así, una por una todas las ciudades de Macedonia fueron capitulando ante el general romano, incluyendo Pella, la capital. Además, para prevenir nuevas sublevaciones, se dividió el territorio de Macedonia en cuatro regiones de soberanía limitada, que al final acabarían convirtiéndose en una más de las provincias de la República Romana en el año 146 a.C.

Ante esta situación, el rey Perseo se rindió y se presentó ante el general para arrodillarse a sus pies. Aunque Paulo le había prometido respetar su dignidad, lo cierto es que la realidad fue bien distinta. El rey macedonio fue llevado a Roma como principal trofeo del séquito de prisioneros del desfile triunfal de Emilio Paulo. Las celebraciones de este triunfo definitivo sobre los macedonios duraron tres días, durante los cuales se exhibieron los magníficos botines de guerra obtenidos: pinturas, esculturas, armas, todo tipo de lujosos recipientes y hasta la exquisita vajilla usada por el rey en sus banquetes. Finalmente, Perseo tuvo que vivir sus últimos días de vida como cautivo en una villa romana, siendo consciente de que era el último rey de un ya extinguido reino que una vez había sido el más poderoso y temido del mundo.

El rey Perseo ante Lucio Emilio Paulo, obra hecha por Jean-François-Pierre Peyron en 1802
El rey Perseo ante Lucio Emilio Paulo, obra hecha por Jean-François-Pierre Peyron en 1802

Bibliografía

ANTELA, B.: «La batalla de Pidna», en Historia National Geographic, nº143, 2015, pp. 40-49.

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KAVANAGH, E.: «Ordenando el caos: táctica de pequeñas unidades en el ejército romano republicano», en Desperta Ferro Especiales, nº6, 2014, pp. 18-23.

LENDON, J.E. (2011): Soldados y fantasmas: mito y tradición en la antiguedad clásica. Editorial Ariel, Barcelona.

MARTÍNEZ, J.A.: «Lucio Emilio Paulo y el derecho de guerra», en Studia Histórica. Historia antigua, nº30, 2012, pp. 271-292.

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