Los idiomas en la República de las Letras

El cardenal Richelieu, pintura de Philippe de Champaigne c. 1633-1640
El cardenal Richelieu, pintura de Philippe de Champaigne c. 1633-1640

Artículo de la saga sobre la República de las Letras escrito por Inma Velarde, graduada en Historia.

El uso del latín en la República de las Letras

La renovatio litterarum et artium de Petrarca, o nuevo Studium, cambió el modelo de diálogo entre los letrados de la República de las Letras. Pero también otorgó al latín clásico un peso muy importante en esta comunicación erudita, como lengua de la gloria literaria. Pierre Gassendi, cuando escribe la Vita Peirescii, publicada en 1641, en honor al príncipe de la República de las Letras Nicolas-Claude Fabri de Peiresc, lo hace en latín. Teniendo en cuenta que esta decisión limitó mucho la difusión de la obra, cabría entender que para Pereisc, que escribía y conversaba en lengua vulgar francesa e italiana, estas lenguas no tenían sino un valor meramente utilitario.

La pérdida de prestigio del latín humanista como lengua oficial y esotérica del saber en Francia, ya bajo Luis XIV, provocó también un cambio en la propia República de las Letras al declinar la Antigüedad como referencia de la verdad y como tópica de la investigación erudita. Pero no sólo el francés reemplazó el latín. También el toscano, que en el siglo XVI estaba en vías de convertirse en una lengua nacional, siguió el mismo camino. Y es que, al latín, cada vez más, se consideraba una lengua “muerta”. La propia Reforma promovió el uso de las lenguas vernáculas con el fin de difundir de la Biblia y la imprenta contribuyó a fijar y normalizarlas.

Retrato de Francesco Petrarca, hecho por Altichiero, 1370-1380
Retrato de Francesco Petrarca, hecho por Altichiero, 1370-1380

Opiniones en contra del latín

El latín, que tenía el monopolio de la sabiduría, estaba perdiendo su papel en la comunicación erudita de la República de las Letras. Ejemplo de ello es Montaigne, que demostró que el francés podía expresar pensamientos serios con sus Ensayos, publicados en 1580. Los centros de investigación y las academias tuvieron cada vez más presente el “buen uso” de la lengua francesa.

El propio Descartes, al publicar en 1637 en Leiden el Discurso del Método en francés, hizo una clara elección de lengua y público mundano (las honnêtes gens) al que quiere dirigirse. El propio Miguel de Cervantes no estaba al margen de los cambios: “El grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino; en resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno que escriba en la suya”.

Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier
Michel de Montaigne, por Daniel Dumonstier

El auge de las lenguas vernáculas

La reivindicación de las lenguas vernáculas confía en el carácter y calidad suficiente de las mismas para sustituir al latín en el tratamiento de los “temas serios”. Un ejemplo de este cambio es la obra de Pierre Bayle. Decidió concentrar en su Diccionario (en francés) el patrimonio literario, filosófico y científico de la República de las Letras tanto en latín como en lenguas vulgares.

Otro gran empuje fue la creación, en 1635, de la Academia Francesa por el cardenal Richelieu. Fue la encargada de regular y perfeccionar el francés, pero no relegándolo a un rango de suplente del neolatín, sino dándole al francés el valor suficiente como para sustituirlo, y que así se convirtiera en lengua universal. La Academia se convirtió en un símbolo de este cambio que legitimaba al francés. Al mismo tiempo, dejaba atrás al español, al italiano y hasta al latín como lengua del comercio de las ideas.

Retrato de Pierre Bayle, representante de la República de las Letras, por Louis Ferdinand Elle (1675)
Retrato de Pierre Bayle por Louis Ferdinand Elle (1675)

El francés, lengua del humanismo

Lo que paso con el francés bajo Richelieu fue un fenómeno único, alcanzando el primer rango dentro de las lenguas en Europa. Las demás lenguas vernáculas no habían pretendido hasta entonces otra cosa que avanzar escoltando al latín a respetuosa distancia. El francés no quería ir de la mano del latín; quería, directamente, suplantarlo. A partir de aquí, y ya en pleno Siglo de las Luces, encontramos un siglo XVIII que conversa y se cartea en francés, incluso cuando no es francófilo. Y es que el francés se acabó asociando al humanismo universalista, tal como lo había sido el latín antes. Francia transmitía así un atisbo de felicidad e inteligencia de que son capaces los hombres en el curso de su breve paso por este valle de lágrimas terrenal, como decía Fumaroli.

La intensa actividad diplomática y la calidad de las traducciones favorecieron la difusión de la lengua francesa durante los siglos XVII y XVIII. Francia era un escaparate atractivo y de calidad. Y no sólo por sus obras de arte, sino por su misma sociedad aristócrata que disfrutaba del gran arte de vivir. Toda esta publicidad llegaba a cada rincón del mundo y hacía que la idea de universalidad se “afrancesara”.

El cardenal Richelieu, pintura de Philippe de Champaigne c. 1633-1640
El cardenal Richelieu, pintura de Philippe de Champaigne c. 1633-1640

El latín de la Roma Imperial, el griego del Imperio Bizantino, el italiano y el español en el Renacimiento, el francés en el siglo XVII y XVIII, y el inglés hasta nuestros días han tenido esa capacidad. Pero a diferencia del latín en los primeros años de la respublica litterarum, tal y como la define Burke, el inglés (así como el francés para los siglos XVII y XVIII] es la lengua materna de muchos académicos.

Bibliografía

FUMAROLI, M. (2015). Cuando Europa hablaba francés. Extranjeros francófilos en el Siglo de las Luces. Barcelona, Acantilado.

GREGORY, T. (2016) Michel de Montaige o de la modernidad. Escuela Normal Superior, Pisa.

WAQUET, F. (1998). Le Latin ou l’empire d’un signe: XVIe-XXe siècle. París. Albin Michel.

WAQUET, F. (2003). Parler comme un livre. L’oralité et le savoir [XVIe-XXe siècle]. París. Albin Michel.

Artículo escrito por Inma Velarde, graduada en Historia.

Para saber más


       Inma Velarde es músico profesional, concretamente, violinista, (2009-2013) y graduada en Historia por la Universidad de Valencia (2013-2017). Actualmente cursa un Máster de Patrimonio Cultural en la misma universidad. Centra su investigación en lo referente al Patrimonio Bibliográfico y Documental de la Península Ibérica. Colabora en diferentes proyectos de divulgación histórica y creó el blog “Historia y otros monstruos” en 2013.

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