Esparta después de la Guerra del Peloponeso

Cuadro sobre la Expedición de los Diez Mil del autor Adrien Guignet
Cuadro sobre la Expedición de los Diez Mil del autor Adrien Guignet

Introducción

La Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), que enfrentó a la Liga de Delos capitaneada por Atenas contra la Liga del Peloponeso liderada por Esparta, produjo cambios tan profundos en la Historia de la antigua Grecia que es imposible imaginar cómo habría sido su desarrollo histórico sin ella.

Al final, la Guerra del Peloponeso no solo no había resuelto nada, sino que había agravado los problemas internos griegos. Los problemas económicos eran muy graves, el descontento de la población era constante, y el individualismo de cada polis estaba a la orden del día. En este contexto, no es extraño que, cuando surgiera una figura conquistadora extraordinaria como Filipo II de Macedonia, la incapacidad de los griegos para trabajar juntos en pos de una defensa común provocara el final del mundo heleno tal y como lo habíamos conocido en los últimos siglos.

Mapa del mundo griego a la muerte de Filipo II de Macedonia, en el 336 aC
Mapa del mundo griego a la muerte de Filipo II de Macedonia, en el 336 a.C.

Esparta, el nuevo chivo expiatorio

Las enormes consecuencias demográficas, económicas, políticas y culturales que tuvo esta guerra se reflejaron en toda la historia de Grecia en el siglo IV a.C. No obstante, la economía de Esparta, basada en la agricultura, fue una de las menos perjudicadas. Si sumamos a eso el hecho de que la victoria espartana en la guerra no había sido algo inevitable, ya tenemos un buen caldo de cultivo para centrar la hostilidad de todos los griegos.

Tampoco ayudó a generar un clima de cordialidad lo mal que llevaban los espartanos la victoria. Tras haber hecho arrodillarse a los todopoderosos atenienses, los espartanos se creyeron más invencibles que nunca. Este mal ganar se reflejaría en las ambiciones imperialistas que tendrían en la década posterior al final de la guerra, y todo ello desembocaría en la Guerra de Corinto (395-387 a.C.), en la que antiguos aliados espartanos como Corinto Tebas se unirían a Atenas y Argos para frenar la expansión de Esparta.

Mapa de la Guerra de Corinto. En azul, el bando de Esparta, y en rojo el bando aliado
Mapa de los bandos de la Guerra de Corinto. En azul, el bando espartano, y en rojo el bando aliado formado por Argos, Corinto, Tebas y Atenas.

Las ambiciones imperialistas de Esparta

La expansión asiática

Tal y como se ha mencionado en otras entradas, en las semanas siguientes a la derrota definitiva de Atenas en la batalla de Egospótamos, Lisandro fue estableciendo por todos los lugares pro atenienses del Egeo las llamadas decarquías, es decir, gobiernos formados por colegios de diez magistrados que gobernasen en pro de los intereses espartanos. No obstante, estos gobiernos resultaron ser muy efímeros, por lo que Esparta tenía que intervenir militarmente en estas polis para garantizar su sumisión.

Alarmados ante esta situación, sus antiguos aliados tebanos, pertenecientes a la región de Beocia se negaron a ayudar a los espartanos cuando el rey Agis II de Esparta atacó la región de Élide, donde se encontraba, por ejemplo, la ciudad de Olimpia, sede de los Juegos Olímpicos. La situación se tensionó mucho más cuando murió Agis y su sucesor, Agesilao II de Esparta (reinó entre el 398-358 a.C.), mostró al mundo sus intenciones de invadir Asia, y la caballería beocia fue enviada a frenarles las intenciones.

Jenofonte y la expedición de los Diez Mil

Entre otras cosas, estas ambiciones expansionistas se explican por el deterioro en las relaciones entre Esparta y el Imperio Persa. Las antiguas alianzas se rompieron cuando Ciro el Joven, hijo del rey Darío II y amigo personal de Lisandro, entró en una guerra civil con su hermano Artajerjes, que fue el sucesor al trono, contratando para ello a 13.000 mercenarios griegos. En el 401 a.C., en una situación sin precedentes, las tropas de Ciro vencieron en la batalla de Cunaxa, cerca de Babilonia, pero, en el momento de la victoria, Ciro quiso matar a su hermano y perdió la vida en el intento. Esto dejó en una situación muy vulnerable a los mercenarios griegos, que se encontraban perdidos en medio del territorio de un gran imperio a cuyo rey habían intentado derrocar.

Ruinas del estadio de Olimpia, en el que se celebraban los Juegos Olímpicos
Ruinas del estadio de Olimpia, en el que se celebraban los Juegos Olímpicos

Teniendo en cuenta lo desesperada que era la situación, los supervivientes eligieron nuevos generales, entre ellos el historiador ateniense Jenofonte. Gracias al vivo relato de este autor en su obra Anábasis, podemos saber cómo esta expedición de los Diez Mil consiguió llegar hasta el mar y finalmente regresar a sus hogares en Grecia. A corto plazo, estos conocimientos tan importantes incitaron a Agesilao II a emprender la invasión de Asia; y a largo plazo, estos conocimientos fueron de vital importancia para las campañas de Alejandro Magno en territorio persa.

Como consecuencia de estas campañas, un griego llamado Timócrates de Rodas entregó, en representación del rey Artajerjes de Persia, una gran cantidad de oro para aquella ciudad dispuesta a declarar la guerra a Esparta. Era una oferta demasiado tentadora como para que la coalición de ciudades la rechazara. Antes de que se cumpliera una década del final de la Guerra del Peloponeso, Grecia estaba de nuevo en guerra.

Bibliografía

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FERNÁNDEZ, P. (2002): Historia antigua universal II: el mundo griego hasta la segunda mitad del siglo IV a.C. UNED, Madrid.

GÓMEZ ESPELOSÍN, F. (2001): Historia de la Grecia antigua. Akal, Madrid.

LANE, R. (2008): El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma. Crítica, Barcelona.

POMEROY, S. [et.al.] (2012): La antigua Grecia. Historia política, social y cultural. Crítica, Barcelona.

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