El asesinato de Darío III

Introducción

Alejandro III de Macedonia (356 – 323 a.C.), más conocido como Alejandro Magno, es uno de los personajes históricos más atractivos de estudiar no solo de la Historia antigua, sino de la Historia en general. Su breve pero intensa vida, la trascendencia de todas sus hazañas militares y el cambio radical que provocó en todo el mundo ha propiciado que en los últimos siglos se hayan publicado miles de estudios sobre todo lo referido a su vida y obra. Después de conquistar las tres mayores ciudades persas (Babilonia, Susa y Persépolis), solo quedaba una misión por delante: capturar y matar a Darío III.

"Familia de Darío III ante Alejandro" de Francesco Fontebasso (s. XVIII)
«Familia de Darío ante Alejandro», de Francesco Fontebasso (s. XVIII)

El recuerdo del último rey de Persia

En mayo del 330 a.C., Alejandro Magno abandonó una Persépolis en ruinas y cenizas para dirigirse directamente a Ecbatana, la ciudad en la que se encontraba Darío III y lo que quedaba del ejército imperial persa. A nivel teórico, Darío III seguía siendo el soberano legítimo del Imperio Persa, pero de poco le servía en la práctica. En Ecbatana había reunido unos 3000 jinetes y unos 6000 infantes, cifras ridículas para enfrentarse a Alejandro.

El último Gran Rey aqueménida pasaría a la Historia como un soberano cobarde, fugitivo, sin carisma y sin lo más importante: el favor de Ahura Mazda, el dios supremo de los persas. Prueba de su ínfima popularidad es que la arqueología no ha hallado ninguna gran construcción suya, solo su tumba vacía e inacabada en la necrópolis de Naqsh-e Rustam, en Persépolis. Tampoco conservamos ninguna inscripción monumental de su reinado, ningún relato persa sobre su gobierno o sus campañas militares, ni tan siquiera una descripción fiable de su apariencia física.

La persecución de Darío III

Antes de que Alejandro llegara a Ecbatana, Darío III quiso aumentar sus apoyos internándose en algunas de las satrapías más orientales del Imperio Persa: Aria, Drangiana, Bactriana y Sogdiana. De ese modo, cuando el conquistador macedonio alcanzó la ciudad en junio del 330 a.C. solo encontró a un comandante que le ofreció de inmediato la rendición de la ciudad.

Mapa de la máxima extensión del imperio de Alejandro Magno
Mapa de la máxima extensión del imperio de Alejandro Magno

Allí, en la que había sido la residencia de verano de los reyes persas, se tomaron dos decisiones importantes. Por un lado, se despidieron de Alejandro las tropas griegas que lo habían acompañado desde el principio. Con la conquista de las capitales persas, el saqueo de los tesoros y la reducción a cenizas del palacio de Persépolis había terminado la expedición griega de venganza promovida por la Liga de Corinto, por lo que todos los griegos y tesalios que quisieran podían volver a sus hogares. Por otro lado, Alejandro Magno tenía que decidir el futuro de su ejército entre dos opciones: abandonar la persecución de Darío III y centrarse en la consolidación de todos los territorios conquistados hasta el momento, o seguir los pasos del rey fugitivo, emprendiendo la conquista de nuevos territorios orientales. Como era de esperar en él, Alejandro Magno optó por lo segundo.

Mientras tanto, Darío III había llegado a la cercana ciudad de Raga o Rhages, donde comprobó rápidamente su pérdida de poder. Beso (sátrapa de Bactriana y Sogdiana), Satibarzanes (sátrapa de Aria), Barsaentes (sátrapa de Aracosia y Drangiana) y Nabarzanes (su quiliarca, es decir, el jefe militar de su guardia personal) creían que Darío III había perdido el favor divino y debía delegar el poder en un nuevo rey que fuera capaz de vencer a sus enemigos. Cuando el soberano se negó a aceptar esa idea, fue arrestado, cargado con grilletes de oro y puesto en un carruaje que marchó hacia el este.

Relieve en marfil que representa la huida de Darío III de la batalla de Gaugamela
Relieve en marfil que representa la huida de Darío III de la batalla de Gaugamela

El asesinato de Darío III

Al llegar a Raga, Alejandro Magno fue informado de que el rey huido estaba muy cerca, ya que hacía poco que había pasado las Puertas Caspias, una estrecha región montañosa al sur del mar Caspio. Pocos días después alcanzó la comarca de Tara, donde los persas habían establecido su último cuartel. Motivado por lo que le contaban los persas desertores que llegaban a su campamento y los indígenas locales, Alejandro se adelantó con un reducido número de caballeros, mientras que las tropas rezagadas debían unirse más tarde a él.

Al cabo de pocos días, esta avanzadilla (probablemente, menos de un centenar de hombres) avistó la columna enemiga cerca de la ciudad de Hecatompilo, y el pánico se apoderó de los persas. En medio de la confusión generada por la llegada de los macedonios, los sátrapas Satibarzanes y Barsaentes acuchillaron a Darío III y abandonaron su cuerpo en el carro al margen del camino. Cuando Alejandro llegó junto a su adversario, Darío III ya estaba muerto. Era julio del 330 a.C.

Al advertir su muerte, Alejandro cubrió el cadáver con su propia capa y le rindió grandes honores. Luego ordenó que su cuerpo fuera trasladado solemnemente a Persépolis, para ser dignamente enterrado en la necrópolis de Naqsh-e Rustam. Mediante estos gestos Alejandro reclamaba su derecho a sucederle, pues los actos funerarios del predecesor marcaban el ascenso al trono del nuevo monarca, tanto en el mundo macedonio como en el persa. Además, se adueñó del anillo con el sello real de Darío III, uno de los símbolos del poder real de un rey persa.

Vista general de la necrópolis de Naqsh-e Rustam.
Vista general en la actualidad de la necrópolis de Naqsh-e Rustam, en Persépolis

Al mismo tiempo que todo eso sucedía en el bando macedonio, en el bando persa contaban con un nuevo rey. Con el apoyo de la nobleza y los sátrapas conspiradores, Beso se hizo coronar rey con el nombre de Artajerjes V. Ahora que la expedición de castigo había concluido y su mayor archienemigo estaba muerto, Alejandro Magno encontró en el efímero rey persa el nuevo eje ideológico de su campaña: como nuevo soberano aqueménida, era obligación del macedonio capturar y asesinar a Beso, usurpador del trono y asesino de Darío III, el verdadero último rey de la Persia aqueménida.

Bibliografía

AGUDO VILLANUEVA, M.: “Tras el trono de Persia. Una persecución implacable”, en Desperta Ferro Antigua y Medieval, nº47, 2018, pp. 6-11.

BARCELÓ, P. (2011): Alejandro Magno. Alianza Editorial, Madrid.

CASALS MESEGUER, J.M. (2018): Alejandro el conquistador. Gredos, Barcelona.

GARCÍA SÁNCHEZ, M.: «Darío III, el enemigo de Alejandro», en Historia National Geographic, nº 185, 2019, pp. 54-67.

POMEROY, S. [et.al.] (2012): La antigua Grecia. Historia política, social y cultural. Crítica, Barcelona.

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